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José Sánchez / Acción Liberal

Los aranceles pueden salvar a Europa

CONTACTO vía Europa Press

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Puede parecer contradictorio que un librecambista como yo escriba un artículo con semejante titular, pero en realidad no lo es y lo voy a explicar a continuación.

Los aranceles son una pésima idea y nos empobrecen a todos. Los aranceles no son más que la intervención del gobierno en la economía y su implementación afecta a todo el mercado en general. El mercado no es un ente corpóreo, somos tú, yo y los 8.000 millones de habitantes del mundo.

Los aranceles, como toda política intervencionista, a quién más perjudica es a quién más pretende favorecer. En otras palabras, perjudica en mayor medida a las personas a quién el político pretendía privilegiar. Esto es muy fácil de entender para un español con dos ejemplos:

  1. La subida del SMI a quien más perjudica es a los jóvenes con menor experiencia laboral y a los trabajadores menos cualificados.
  2. La intervención del mercado de la vivienda a quién más perjudica es a los individuos con menos recursos económicos y, de nuevo, a los jóvenes.

En ambos casos el gobernante nos había vendido que iba a proteger a esa parte concreta de la población pero el resultado es que los ha expulsado del mercado aumentando su vulnerabilidad.

Con los aranceles los más perjudicados serán, por un lado, las empresas estadounidenses que serán menos competitivas al tener que importar desde el extranjero a un coste más alto o comprar internamente una calidad inferior; y por otro lado, los consumidores estadounidenses que tendrán o productos más caros o de peor calidad.

Pero centrémonos en nuestro continente, ¿por qué digo que los aranceles pueden salvar a Europa? Porque las crisis son una oportunidad para cambiar. La frase mundialmente conocida de "EEUU innova, China copia y Europa regula" por desgracia es una vergonzosa realidad. Para ejemplo, lo que está pasando con la revolución tecnológica de nuestro tiempo: la Inteligencia Artificial. Mientras que EEUU ha dado facilidades para que las empresas se lancen a su investigación e implementación tan pronto como sea posible, en Europa apenas hay compañías que la desarrollen. Eso sí, se han creado organismos estatales que lo regulan… El término viejo continente nos viene como anillo al dedo.

Banderas de la Unión Europea (UE) frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica (archivo)

Banderas de la Unión Europea (UE) frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas, Bélgica (archivo)James Arthur Gekiere

Aunque no nos deprimamos, hace unos meses se hizo público el Informe Draghi que decía que las excesivas barreras internas de regulación y burocracia lastran el crecimiento de nuestras empresas más que cualquier arancel. Lamentablemente, el informe no hizo que nuestros mandatarios bruselenses se dieran por aludidos hasta, oh sorpresa, la semana pasada, cuando la propia Ursula von der Leyen aludió a ella.

Parece que hay un rayo de luz entre tanta oscuridad.

Dejando a un lado la hipocresía europea que tiende a omitir que nosotros también aplicamos aranceles a EEUU y al resto del mundo; que la administración Biden es el gobierno estadounidense que más aranceles nos ha cobrado en la historia, ya que no solo no eliminó los impuestos por Trump sino que los aumentó; y que en el seno de la UE se producen actividades anticompetitivas como los ataques a transportistas españoles de fruta por parte de agricultores franceses. Podemos decir que hay un atisbo de esperanza.

La exagerada burocracia es un coste adicional que tienen que soportar nuestras empresas, al tener que dedicarle una sustancial parte de la jornada de trabajo a rellenar multitud de documentación. Esto supone, o bien que ciertos trabajadores dejen de realizar labores productivas para realizar este cometido o que tengan que contratar a ciertos empleados para una labor exclusiva de administración. En ambos casos, no hay mucha diferencia entre la burocracia y un impuesto o arancel.

Además, la excesiva normativa comunitaria se entrelaza con la maraña administrativa que se genera dentro de cada país miembro: transposiciones nacionales, leyes y reglamentos estatales y autonómicos, ordenanzas municipales, etc. Algo que dilata los procesos de aplicación y produce inseguridad jurídica. Los empresarios cuando ya por fin están preparados para la aplicación práctica de cierta normativa, tienen otra nueva en la puerta esperando.

Adaptarse o morir. Europa tiene la oportunidad de volver a la vanguardia mundial, pero no tiene tiempo que perder. Únicamente tiene dos opciones:

  1. Eliminar por sí misma la burocracia, normativa y regulaciones absurdas; reducir impuestos y favorecer la iniciativa privada dejando hacer al mercado. Digo dejar hacer a la espontaneidad empresarial, no a dar subvenciones a todo el que pase por el parlamento europeo, que para eso ya hemos tenido el fracaso de los Next Generation.
  2. Acordar una zona de libre comercio entre EEUU y Europa como recientemente ha conseguido Javier Milei para Argentina. Esto significa que, sin trabas de ningún tipo, las empresas competirían en igualdad condiciones, estuvieras en Salamanca o en Wisconsin. Tal y como están ahora las cosas, Europa sufriría una gran fuga empresarial (es como ser youtuber en Andorra o en España, no hay color) pero sería una gran oportunidad para adaptarse más rápidamente a la realidad que es la globalización. Algo que agradecemos en nuestro bolsillo los consumidores de un lado y otro del atlántico.

En definitiva, está en la mano de nuestros burócratas de Bruselas que Europa vuelva a ser grande de nuevo (MEGA en sus siglas en inglés como ha dicho en alguna ocasión Elon Musk) o nos quedemos en un parque temático donde pasar las vacaciones viendo ruinas romanas y tomando sangría con chanclas y calcetines.

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