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EDITORIAL

El don de la inoportunidad: el viaje de Sánchez a China llega en el peor momento posible

Este viaje no representa a Europa, sino a una agenda personalista que ignora la estrategia común. Y en la sombra, José Luis Rodríguez Zapatero, susurrándole al oído esta deriva china

El presidente de España, Pedro Sánchez, estrecha la mano del presidente de China, Xi Jinping.

El presidente de España, Pedro Sánchez, estrecha la mano del presidente de China, Xi Jinping.XINHUA vía Europa Press

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Pedro Sánchez ha vuelto a dar en el clavo de la inoportunidad. Su viaje a China, en plena guerra arancelaria desatada por Trump, es un traspié diplomático que descoloca a España y la aleja de sus socios naturales. Lejos de ser una jugada maestra, esta escapada huele a oportunismo y deslealtad, y la tensión comercial abierta por Washington no le da coartada alguna para trazar alianzas con Pekín al margen de la UE.

El momento no podría ser más inoportuno. Con la guerra arancelaria en curso, la Unión Europea necesita una respuesta conjunta y coordinada frente a los aranceles estadounidenses, no aventuras en solitario que rompan la cohesión. Sánchez, sin embargo, opta por desmarcarse, como si España pudiera permitirse ir por libre en un tablero global tan delicado. Este viaje no representa a Europa, sino a una agenda personalista que ignora la estrategia común. Y en la sombra, José Luis Rodríguez Zapatero, susurrándole al oído esta deriva china, movido por intereses particulares que poco tienen que ver con el bien de España.

Peor aún es la idea implícita de que China, una dictadura comunista que reprime libertades, pueda reemplazar a Estados Unidos como socio preferente. La guerra arancelaria de Trump no justifica abandonar a un aliado histórico y democrático como Washington, con quien compartimos valores e historia, por un régimen opaco como Pekín. Trump es un problema pasajero; las alianzas con EE.UU., una constante que sobrevive a vaivenes.

Este viaje no es sólo un error de cálculo; es un desatino estratégico. Sánchez, guiado por el eco de Zapatero, sacrifica la coherencia europea y atlántica por una quimera asiática que ni Bruselas avala ni España necesita. La Historia no perdona a quienes confunden gestos vacíos con visión, y este paso en falso lo deja claro.

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