Las cloacas de Sánchez del descansillo de La Moncloa

Pedro Sánchez y José Luis Äbalos en el Congreso en una foto de archivo
Pedro Sánchez ha construido su poder sobre el barro de lealtades ciegas, ocultaciones calculadas y silencios premiados. Pero cuando el fango empieza a subir, ni los más fieles pueden evitar mancharse. La última filtración de mensajes con José Luis Ábalos –ese “ex” que nunca terminó de irse del todo– no solo resucita al fantasma del caso Koldo: lo convierte en un cadáver político que ahora duerme en el descansillo de La Moncloa.
Los WhatsApps revelan más de lo que Sánchez quiere admitir: una relación directa y sostenida con quien hoy está bajo sospecha por corrupción. El poder ejercido sin virtud. No hablamos de un colaborador cualquiera, sino de uno de los grandes fontaneros del sanchismo. Un “tronco” en palabras de María Jesús Montero. El mismo que fue sacrificado para salvar la fachada del Gobierno y que ahora se venga, mensaje a mensaje, del abandono. Ni en House of Cards se escribe con tanta mala idea.
¿Y qué hace el presidente? Lo de siempre: hacerse el digno, denunciar conspiraciones, hablar de privacidad y anunciar por terceros querellas. Pero no responde a lo esencial: ¿sabía o no sabía lo que hacía su lugarteniente? ¿Estaba al tanto de los tejemanejes del Ministerio de Transportes? ¿Por qué siguió confiando en él cuando ya olía a podrido?
El PSOE, mientras tanto, cruje. García-Page, Susana Díaz y Lambán disparan sin esconder la mano. Las bases, hartas de tragarse relatos para tapar lo injustificable, miran con recelo. Y los barones callan, pero toman nota. Porque si algo ha dejado claro este escándalo es que el sanchismo no es un proyecto político: es un sistema de poder que premia la opacidad y castiga la disidencia.
La peor cloaca es la que uno cava con sus propias manos. Y Sánchez, empeñado en sobrevivir a cualquier precio, ha terminado rodeado de los mismos fantasmas que él ayudó a alimentar. Ya no es la oposición quien lo cercena. Es su propio pasado el que empieza a devorarlo: Ábalos, Begoña Gómez, su hermano, el fiscal general. Y cuando un líder ya no puede mirar ni a su partido, ni a su espejo, es que el final está más cerca de lo que cree.
A.M. BEAUMONT