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Sánchez, un presidente cercado en el búnker

Pedro Sánchez, en un acto en Madrid, este pasado lunes.

Pedro Sánchez, en un acto en Madrid, este pasado lunes.Jesus Hellin/STUDIO MEDIA 19

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Hoy he encendido la radio con el primer café y, como ya es costumbre, otro disgusto más para Pedro Sánchez. Es curioso: al presidente ya no lo rodean ministros, sino causas judiciales. Cada día amanece con una nueva imputación, un mensaje comprometedor o un informe policial que mete a otro de los suyos en el barro. Y mientras tanto, él sigue ahí, como si nada. Sonríe, comparece, repite eslóganes… pero cada vez más solo, más cercado, más en la cuerda floja.

Ya no hablamos solo de su esposa —que bastante tiene Begoña Gómez con sus propios líos— o de su hermano. Es todo su entorno: amigos del alma, socios de mesa reservada, consejeros de pasillo… todos bajo la lupa. No le falta de nada: hasta “su” Fiscal General del Estado está siendo investigado. ¿Esto es un Gobierno o una serie de corrupción?

Pero no se engañen: Sánchez no se da por aludido. Lo tapa todo con niebla, con discursos místicos, con victimismo de saldo. Si hay ruido judicial, responde con una ley urgente. Si hay escándalo, lo cubre con otra entrevista a medida. Siempre otra pantalla. Siempre trucos. Como esos ilusionistas que desvían la mirada justo cuando hacen el pase mágico.

Lo grave ya no es el barro. Lo grave es que el barro se haya normalizado. Que un presidente del Gobierno conviva con causas abiertas en su cocina política… y no pase nada. Que La Moncloa haya dejado de ser un centro de decisiones para convertirse en un búnker de resistencia personal.

Sánchez no gobierna, esquiva. Y si alguien le pregunta, señala a la ultraderecha, al fango mediático, a la derecha judicial… todo menos asumir que su modelo de poder se basa en la ocultación y el blindaje.

Puede que aguante, porque lleva años demostrando que lo suyo no es caer, sino aferrarse. Pero ya no lidera nada. Solo sobrevive. Y cada mañana, con cada nuevo titular, esa resistencia se parece más a un encierro. Esto ya avergüenza al más pintado.

A. M. BEAUMONT

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