Sánchez: ni ética ni coherencia

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Me lo preguntan en la calle, en el bar, en la panadería: ”¿Cómo es posible que a Pedro Sánchez le esté cayendo el mundo encima y no pase nada? ¿Ni dimite, ni da la cara, ni se despeina?” Y la respuesta es tan cruda como real: porque no lo necesita para seguir en el poder.
Sánchez no gobierna como un primer ministro parlamentario; gobierna como un operador sin escrúpulos. Ha desmontado los contrapesos, ha colonizado las instituciones, ha anestesiado a buena parte de los medios y ha blindado su mayoría con un pacto de hierro con quienes, por razones distintas, necesitan que él aguante. Unos para no desaparecer, otros para seguir cobrando su peaje territorial.
¿Explicaciones? ¿Dimisión? ¿Rectificación? ¿Para qué, si puede no hacerlo? Su modelo no exige ética ni coherencia: solo cálculo. Mientras la oposición dispare al aire y sus socios no le retiren la alfombra, él seguirá ahí, refugiado en su búnker de propaganda y victimismo.
En cualquier democracia sólida, lo que rodea a su entorno —negocios turbios, favores cruzados, silencio institucional— bastaría para provocar una tormenta perfecta. Aquí, sin embargo, se ha inoculado una peligrosa vacuna: la de la impunidad como estrategia de resistencia.
Pedro Sánchez no teme al juicio de la calle. Le basta con sobrevivir al calendario parlamentario. Y mientras tanto, la política española se degrada un poco más cada día. Lo triste es que muchos ya lo ven como algo normal. Y eso sí que es una auténtica tragedia democrática.
A.M. BEAUMONT