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Sumar y el desastre de Yolanda Díaz

Yolanda Díaz, vicepresidenta del Gobierno, este miércoles en el Congreso.

Yolanda Díaz, vicepresidenta del Gobierno, este miércoles en el Congreso.Europa Press

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Lo de Yolanda Díaz ya no es política: es patetismo con cargo. Convertida en portavoz oficiosa del sanchismo, esta semana se subió a la tribuna del Congreso no para fiscalizar al poder, sino para encubrirlo. Mientras la corrupción cerca a Pedro Sánchez por todos los costados, ella, en vez de reclamar explicaciones, prefirió convertirse en su escudera institucional. Como si no fuera vicepresidenta de un Gobierno en descomposición, sino actriz secundaria en un drama que ya no convence ni al público fiel.

Díaz ya no es ni la esperanza blanca de la izquierda ni el azote de los poderosos. Es una sonrisa impostada con discurso de manual. De musa progresista ha pasado a abogada de oficio del presidente. Su intervención fue reveladora: mientras media España asiste estupefacta al culebrón del caso Koldo y a las maniobras sucias de La Moncloa para desviar el foco de Begoña Gómez, ella se entregó con fervor a la causa del “todo va bien”. En vez de fiscalizar, se apuntó a la coartada.

El problema de Sumar es que nunca fue una fuerza con proyecto; fue un trampantojo electoral para salvar los muebles del espacio a la izquierda del PSOE. Un Frankenstein con siglas prestadas y candidatos desinflados. No hay relato, no hay liderazgo, no hay estrategia. Solo quedan eslóganes reciclados y ministros que parecen becarios de Sánchez. Cuando el BOE se agota, la ideología se les evapora.

Yolanda Díaz sigue hablando como si aún tuviera crédito político. Como si no llevara meses bajando la persiana del proyecto, renunciando a liderar nada y delegando en un puñado de partidos que no se soportan entre sí. Lo de este miércoles en la Carrera de San Jerónimo fue una exhibición de servilismo institucional. ¡Vaya papelón! Y lo más sangrante es que ni siquiera le compensa: la vicepresidenta ya no ilusiona ni a su electorado ni incomoda al adversario. Solo resta. Al Gobierno, al Congreso y a la política en general.

Sumar ya no suma. Resta votos, resta credibilidad, y lo que es peor: resta dignidad. Y lo hace justo cuando la izquierda más necesita algo que no se compra ni se pacta: un propósito. ¿Qué le queda a un votante progresista que no quiere tragar con el barro de Sánchez ni con el decorado vacío de Sumar? La orfandad. Y no hay mayor tristeza política que sentirse huérfano en mitad de una crisis. Como esos niños que, al salir del colegio, no encuentran a nadie esperándoles en la puerta.

A. M. BEAUMONT

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