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La lengua del intercambio de favores

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El gobierno, a falta por lo visto de problemas más urgentes de los que preocuparse, anda inmerso en una cruzada para que el catalán sea lengua oficial en Europa. El asunto es fantástico, porque si algo le hacía falta a la Unión Europea —además de más burócratas, más grupos de trabajo y más comisiones— es otra lengua para traducir los mismos discursos de siempre.

Lo mejor de todo es que esto no va de amor por la diversidad lingüística, ni de proteger la riqueza cultural, ni de que "una lengua es un pueblo". Esto va de lo de siempre: mantener el culo bien pegado a los escaños azules del Congreso. Y si para eso hay que complacer a Puigdemont —un señor que vive en Bélgica pero da órdenes como si España fuera una franquicia de Girona— pues se le regala una lengua, una bandera, y si hace falta, un aeropuerto con su nombre.

Puigdemont quiere visibilidad y Sánchez quiere estabilidad. Y si la UE tiene que gastarse lo que haga falta para que cuatro eurodiputados hablen en catalán mientras el resto bosteza en veintiséis idiomas distintos, no pasa nada

Porque del coste no habla nadie, pero en el caso de que Von der Leyen trague, habrá que contratar traductores, comprar equipos, montar cabinas, hacer informes, escribir carteles en catalán por todo Bruselas… ¿Y quién paga eso? Está claro que los de siempre, o sea, nosotros. Pero por lo visto eso no tiene ninguna importancia siempre y cuando Puigdemont pueda sentirse orgulloso de que la palabra “café” se escriba con acento grave en el bar de la Eurocámara.

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