La mirilla

El multiculturalismo buenista de la izquierda quema París

Incidentes en París tras la victoria del PSG en la final de Champions.DPA vía Europa Press

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Otra noche cualquiera en París. El PSG gana la Champions —con más millones que alma— y lo que debería ser una fiesta se convierte en un infierno urbano: coches ardiendo, comercios saqueados, policías emboscados. No fue una celebración deportiva; fue el tráiler de una guerra cultural a cámara lenta.

Y lo más inquietante no es la violencia. Es el silencio. El silencio cobarde de quienes aún repiten que esto “no tiene nada que ver con la multiculturalidad”. Pobres cortoplacistas. O peores: cómplices bienpensantes que confunden tolerancia con ceguera.

Europa lleva años vendiendo como éxito lo que es, en realidad, un fracaso. El multiculturalismo —ese tótem sagrado de la izquierda moralizante— ha degenerado en guetos paralelos donde no impera la convivencia, sino la ley del más fuerte. Lo vimos en Londres. Lo sufrimos en Malmö (Suecia) con los niños soldados, violencia de pandillas y asesinatos a sueldo. Y ahora arde en París. Literalmente.

¿Dónde están los integradores de manual? ¿Dónde la élite política y mediática que se llena la boca con “diversidad enriquecedora” mientras vive en barrios blindados, a kilómetros de Saint-Denis o La Courneuve? Lo que no se atreven a decir —ni siquiera a publicar— es que buena parte de estos disturbios no son solo vandalismo juvenil. Son la expresión de una fractura civilizatoria: jóvenes nacidos en Francia, pero educados en el resentimiento, alimentados por el abandono escolar, el islamismo de barrio y la indiferencia de un Estado que hace tiempo que desistió.

Y detrás de todo eso hay una trampa ideológica. El progresismo cultural dominante ha confundido integración con permisividad, y multiculturalidad con renuncia. En nombre de la diversidad se ha tolerado el incivismo, se ha relativizado la ley y se ha infantilizado al delincuente. Y mientras tanto, las clases populares —las que sí conviven en esos barrios— han sido abandonadas a su suerte por las élites que diseñan políticas desde la distancia.

Mientras tanto, en Reino Unido, el debate ha estallado por otra vía. No ha sido la prensa —todavía atrapada en su propia censura progresista—, sino la justicia: el Consejo de Sentencias británico ha autorizado a los jueces a tener en cuenta el origen étnico o cultural de los delincuentes antes de dictar sentencia. Una medida polémica, sí. Pero también reveladora de un cambio de época. Aunque en España ni nos enteremos: aquí seguimos confundiendo corrección política con política correcta.

La multiculturalidad no puede ser un salvoconducto para la impunidad. Ni un escudo para negar lo evidente: sin normas comunes, sin lealtades compartidas, sin integración real, no hay convivencia. Hay fragmentación. Y de ahí a la violencia, solo hay una chispa. Una final de Champions, por ejemplo.

Es cierto que en España la inmigración, en líneas generales, se ha integrado sin sobresaltos. Pero conviene no caer en la autocomplacencia. La concentración de colectivos en barrios vulnerables, las barreras invisibles en empleo o educación, o la falta de exigencia cívica son grietas que ya existen. Y conviene mirarlas antes de que se conviertan en fallas.

Quizá va siendo hora de preguntarnos si este modelo multicultural ha muerto. O peor aún: si alguna vez estuvo realmente vivo.

A. M. BEAUMONT