La gratuidad de la sanidad privada

Imagen de una consulta en un hospital privado
Se está convirtiendo en algo recurrente que los pacientes se sorprendan cuando un médico les atiende en una consulta privada y deban abonar unos honorarios por esa atención; es decir, cada vez más, la gente se sorprende por tener que pagar en el médico. Y disculpen la obviedad: la satisfacción que aporta a un médico curar a un paciente, lamentablemente, no paga facturas.
En un país donde la sanidad pública es universal y financiada con los impuestos de todos, muy diferente a ser gratis (esa gratuidad entiendo que será para quien no paga impuestos), abonar una consulta médica se está convirtiendo en algo llamativo. Recuerdo haber atendido a un paciente estadounidense en un hospital público, por una fractura nasal y una herida en un párpado tras un accidente de tráfico. En menos de dos horas se le realizó un escáner de urgencia, un oftalmólogo le exploró el ojo y un cirujano plástico cosió sus heridas y trató su nariz rota. Él no quería irse sin pagar, no daba crédito a que fuese así, y tenía miedo a tener un problema por no haber abonado los servicios médicos.
En sanidad privada, pagar esa atención me parece evidente. Para evitar esa sensación de gasto cada vez que se hace uso de esa sanidad, y por supuesto para ahorrarse un buen dinero, la inmensa mayoría de usuarios de este sistema privado contratan los servicios de diferentes aseguradoras, firmando contratos más largos que cualquier novela corta, con letra tan pequeña que merecerían estar expuestos en el museo de miniaturas de Mijas, y cláusulas tan complejas que sistemáticamente ofrecen claroscuros a la hora de ejecutar esos contratos; es decir, no es sencillo averiguar si se puede utilizar ese servicio sanitario en caso de necesidad.
Todas las partes en este sistema cuentan con mi respeto: usuarios, médicos y aseguradoras. Es en otro escenario en el que querría centrarme, aquel en el que no hay una aseguradora intermediaria entre el prestador de servicios, médico, y el beneficiario, paciente.
No sé si ha tenido que reparar alguna vez un electrodoméstico y el técnico ha podido arreglarlo simplemente apretando un tornillo. Si han llamado a un cerrajero para que con una tarjeta les abra en menos de cinco segundos la puerta de su domicilio. O si han acudido a un taller a reparar un neumático pinchado por un clavo. Ejemplos de cuestiones técnicas, donde un profesional hace una valoración de la situación y se aplica una solución en función de los hallazgos del profesional.
Lo que cuesta dinero no es solo apretar ese tornillo, meter la tarjeta para empujar un pestillo o extraer un clavo de una rueda y poner un tapón de goma. Lo que se abona es además el conocimiento del profesional: saber qué tornillo es y cómo y cuánto debe apretarse. Y también el tiempo dedicado a ello, que es baremado por ese profesional. Y si el cliente no valora ese gesto técnico, ni los conocimientos o el tiempo invertido, ¿por qué entonces ha llamado a un profesional?
En la medicina nos encontramos ante una similar situación. Tras una consulta, en la que puede ejercer un médico porque se ha formado durante años para ello, tras una valoración inicial del paciente, se establece un diagnóstico y se ofrece una alternativa terapéutica. Y aquí viene mi duda: ¿por qué son cada vez más quienes ven extraño que ese profesional quiera cobrar por sus servicios por esta actividad?
En el caso de las especialidades quirúrgicas, la sensación tras una consulta sorprende más al paciente. Es decir, el médico aún no le ha intervenido, pero el usuario debe abonar los servicios de esa consulta. Cabe resaltar que es en estas especialidades, en las que empleamos la cirugía para sanar, donde es más relevante que un médico sea capaz de tratar y curar sin operar. Cuánto se ahorra así el paciente. Cuánto se valora evitar una intervención quirúrgica, los riegos e inconvenientes asociados.
Primera consulta gratuita, podemos leer en muchas consultas. En cirugía estética, este es un reclamo que tiene su base en la actividad de diferentes empresas que atienden inicialmente a los pacientes no con médicos, sino con comerciales que valoran inicialmente el paciente antes de que lo haga un profesional. Esa primara valoración gratuita fue progresivamente adaptada por muchos especialistas, incorporada en su modo de trabajo, ya que entendieron que en una situación de libre mercado debían ser competitivos respecto los modelos de las grandes empresas.
Fondos de inversión sin la presión de la inmediatez que se podían permitir contratar a asalariados y esperar resultados a medio y largo plazo. De cara a intentar captar más pacientes en sus consultas y poder fidelizarlos para intervenirlos a futuro, encontrando ahí la rentabilidad del proceso y siendo competitivos con esas grandes empresas, los médicos comenzaron a trabajar sin recibir remuneración, confiando en que sería su trabajo quirúrgico futuro el que justificase económicamente la gratuidad de aquellas consultas.
Estamos ante una dificultad similar que afronta el pequeño comercio frente a las grandes superficies o la venta en línea. Pero poniendo la salud en el centro del debate. ¿Es justo y ético aplicar los modelos comerciales de venta de un cartón de leche o un abrigo a los que emplean con la salud? Quienes entienden la vida desde una perspectiva eminentemente económica, lo tienen claro. Y para quienes representan a las empresas centradas en los servicios de salud, es evidente que ese modelo es el que se debe seguir, ya que ha demostrado su éxito en otros mercados, como el de la venta de exprimidores de naranja o la comercialización de ropa a través de internet.
Sé que parece ingenuo pretender diferenciar el sector salud del resto hoy en día; no es una visión empresarial moderna ni actualizada. Pero cuando a usted la ropa no le satisface por el motivo que sea o el exprimidor de naranja no aporta lo esperado, ¿le presenta la misma limitación o la incertidumbre que tiene cuando se habla de su salud?
La gratuidad de la actividad médica es algo que solo se entendería en mercados que homogenizan los procesos de venta para cualquier artículo, siendo la salud un objeto más, y por ello pueden ejecutarse ofertas curiosas (primera consulta gratuita), o en aquellos donde los servicios de salud pública son tan buenos que un usuario no precisa acudir a la sanidad privada para obtener lo que espera respecto a su salud, con lo cual, al ser prescindible, esa actividad privada no existe.
En la mayoría de casos, lo que el paciente espera de los servicios sanitarios suele ser excelencia y rapidez. Son los mismos criterios que esperamos de las empresas que venden ropa por internet y permiten devoluciones del producto sin cargo en caso de que no te guste, estoy de acuerdo. Un buen producto que sea ofrecido al consumidor cuanto antes. Pero, cuando usted acude a un médico, ¿prefiere que le vean como a un paciente o como a un cliente?
Observar como normal el esperar la gratuidad de algún acto en la sanidad privada, siendo esta actitud mucho más habitual de lo que usted se puede imaginar, es otro sinsentido del modelo sanitario en España, febrilmente empeñado en ser agresivo con uno de sus actores principales (con permiso del paciente): el médico.