Pedro y el camello
No hay día en que el gobierno no se aleje más de lo que debería ser la esencia del Partido Socialista Obrero Español. Lo ha dicho quien consiguió para el PSOE su primera victoria tras la dictadura, que algo sabrá de ello

El expresidente del gobierno Felipe González (2i) y el presidente del Gobierno Pedro Sánchez (d)
Felipe González no es un loco de la vida, ni un abuelo al que le filtra agua el tejado. Ni siquiera es un socialista cualquiera. Tampoco lo son Alfonso Guerra, Cándido Méndez, Javier Rojo o Nicolás Redondo, y a todos se les han puesto los vellos como púas al ver cómo Pedro Sánchez está convirtiendo en gravilla todo lo que construyeron y por lo que lucharon.
Una de las infinitas promesas que Sánchez ha incumplido es la de erradicar el edadismo. En su empeño por moldear la Historia, incluso la que se está forjando en el presente, todo socialista que no haya mutado en sanchista debe ser calificado de traidor, de trasto viejo al que se le va la pinza o, directamente, de haber sido abducido por la malvada derecha a la que en su delirio atribuye una capacidad de persuasión casi paranormal.
Dice un conocido proverbio árabe que si una persona afirma que pareces un camello no debes hacerle caso, pero que si te lo dicen dos, lo que tienes que hacer es mirarte en un espejo porque probablemente lo seas. A Pedro Sánchez son más de cuarenta socialistas con pedigrí los que le han enviado un documento calificándole de traidor a la causa, quizá con la esperanza de que recuerde lo del camello y que, como Narciso, se asome a contemplar su imagen en un estanque y termine engullido por sus aguas.
El intento es bueno, aunque no servirá de nada porque como todo el mundo sabe, el único espejo en el que Sánchez se mira es el del cuento de Blancanieves, ese al que cada mañana pregunta quién es el socialista más guapo del mundo y al que obliga a darle siempre la misma respuesta: Tú, Pedro.