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Feijóo se va de la lengua

Alberto Núñez Feijóo, en el cierre del Congreso Nacional del Partido Popular.

Alberto Núñez Feijóo, en el cierre del Congreso Nacional del Partido Popular.Europa Press

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No se entiende ese empeño que tienen algunos políticos en meterse en charcos que ni están en su camino ni les hacen falta para nada.

Feijoó, por ejemplo. Al líder del PP, al que algunos tachan de falta de energía, le das un congreso y un micro y se viene arriba, por no decir que la boca se le dispara y no siempre en la dirección adecuada.

Los populares están en ese momento de gracia que solo ocurre cuando tus rivales están en plena autoinmolación: las encuestas les sonríen; la unidad interna es envidiable; el comité del PSOE, un desastre, y Feijoó luce robusto, yo diría que hasta con unos kilitos de más, mientras que Sánchez, el otrora conocido como 'el Hermoso', parece que acaba de compartir fin de semana con 'el Chupacabras'.

Con este escenario ya me dirán qué necesidad tenía don Alberto de comprometerse a no gobernar con Vox y de dar pistas sobre su buena disposición a pactar con Junts. No es por amargarle la sobremesa del atracón de éxito, pero así, a lo tonto, calculo que hay un buen puñado de electores que se le han caído de la nube de entusiasmo y ya están buscando otra encuesta en la que refugiarse.

Desconozco si la idea ha sido de él o de algún sesudo equipo de comunicación, pero, en cualquier caso, lo que ha demostrado es conocer muy poquito a sus votantes que, en su mayor parte, no entienden que los populares compren el discurso de la izquierda de que pactar con Abascal es poco menos que cargarse la democracia, o que el fugado de la Justicia merezca ser tenido en cuenta como un socio cool.

Feijóo ha vuelto a caer en error de enseñar las cartas antes de tiempo al dejarse llevar por la euforia del aplauso y de esos sondeos por los que dice que no hay que dejarse llevar. Ya lo hizo antes de las generales y así acabó, rebozado en sus propios errores como una croqueta política.

Como muy sabiamente sentenció Lincoln, "hay momentos en la vida de todo político en que lo mejor que puede hacerse es no despegar los labios". Tan fácil como eso.

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