la mirilla
Sánchez, un mártir en La Moncloa
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, interviene durante una sesión en el Congreso.
Pedro Sánchez ha vuelto hoy al Congreso. Se ha envuelto en la bandera de la regeneración. Y nos ha contado que va a salvarnos de la corrupción. La suya. La de su partido. La de sus elegidos. La de sus más fieles.
Ha sacado pecho de un plan de medidas como si acabase de tropezar, por arte de magia, con un par de manzanas podridas en la despensa de Ferraz. Y se presenta como mártir: “me sacrifico quedándome”. Lo dice sin despeinarse. Seguir agarrado al colchón de La Moncloa es un acto heroico no su enésimo cálculo de poder. ¡Gracias presidente!
Dice Sánchez que en el PSOE hay miles de personas honradas. Y seguro que es verdad. Lo insólito es su puntería: de entre todos, siempre acaba colocando cerca a los que luego salen en los papeles de la UCO. Eso sí, él no sabía nada, no se enteró. Se rodeó de esa gente fruto del azar.
Y encima —esto es lo más cínico— escucha uno la retahíla de medidas que ahora promete y parece que acaba de enterarse de que hay corrupción. Como si nadie le hubiera contado quién nombró a Cerdán, quién hizo a Ábalos su hombre de máxima confianza y quién bendijo cada dedazo que hoy investiga la justicia.
Sánchez se sacrifica, ese es su relato de este miércoles. España paga la penitencia. El presidente ha perdido el decoro y la vergüenza.
A.M. BEAUMONT