La mirilla
El tupper de Ayuso contra el Falcon de Sánchez
La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, durante la presentación de Milla Canal, este lunes en Madrid.
De verdad… ¿esto va de un fin de semana y una cena en el restaurante del pueblo? ¿De una piscina en Rascafría y una compra en el Covirán? Pues sí. En eso han querido convertir el último incendio político: Isabel Díaz Ayuso pasa un par de días en un chalé de la Comunidad de Madrid —propiedad pública, sí, como lo son miles de cosas—, y la izquierda se lanza en plancha. Que si abuso, que si privilegios, que si hay que prohibirlo por ley. Ya se habla hasta de cambiar la Ley de Patrimonio. Ojo
Ayuso, fiel a su estilo, lo dijo claro: “Me llevé mi comida de casa”. Y cenó fuera. Y compró en el súper de la localidad. Ni séquito, ni cocineros, ni helicópteros, ni Falcon. Pero claro, eso no cuenta. Lo que cuenta es el titular fabricado. Porque, seamos serios: si esto lo hace un ministro socialista, le llaman “retiro institucional”. Si lo hace Pedro Sánchez, lo llaman “agenda en residencia oficial”. Y si lo hace Ayuso… lo llaman escándalo. La vara de medir en España es de chiste.
Pedro Sánchez ha convertido en rutina “descansar” en La Mareta, Las Marismillas o Quintos de Mora. Residencias del Estado. Con protocolo. Con seguridad. Con cocina. Con helicóptero. Con Falcon. Con gasto público hasta en el hielo del gin-tonic. Pero eso parece que no merece ni una pregunta parlamentaria. Eso sí, Ayuso se lleva un tupper a la sierra… y ya tenemos caso.
No es el chalé lo que molesta. Es ella. Que no se esconda. Que no pida perdón. Molesta su falta de complejo. Que no finja para caer bien. Aquí, lo normal es viajar en Falcon, pero luego hablar de desigualdad. Dormir en palacios públicos, pero posar en vaqueros. Gastar miles de euros en vacaciones oficiales, pero ir de humilde. Eso gusta. Eso se aplaude. Eso sí es “progresismo”.
Lo de Ayuso, en cambio, no encaja en el guion. Ni pide permiso. Ni llora. Ni se arrastra. Solo coge el coche, se lleva el tupper… y encima lo cuenta. Con una sonrisa. Sin culpa. Y eso, en esta España de moral fingida, duele.
A. M. BEAUMONT