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Adiós a Palma de Mallorca e Ibiza: Bolaños y el ridículo de la imposición lingüística

Esta medida, lejos de ser un ejercicio de justicia lingüística, es un ataque a la identidad bilingüe de las islas y un ejemplo de cómo el sectarismo puede disfrazarse de progreso.

Félix Bolaños y Pedro Sánchez se han llevado un varapalo en el Supremo

Félix Bolaños y Pedro Sánchez se han llevado un varapalo en el SupremoA. Perez Meca

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La decisión del Ministerio de Justicia, liderado por Félix Bolaños, de imponer los topónimos en catalán como Palma, Eivissa y Maó en los tribunales de Baleares, desterrando los históricos Palma de Mallorca, Ibiza y Mahón, es un nuevo capítulo en la saga de despropósitos ideológicos que dividen más que unen. Esta medida, lejos de ser un ejercicio de justicia lingüística, es un ataque a la identidad bilingüe de las islas y un ejemplo de cómo el sectarismo puede disfrazarse de progreso.

El castellano no es un intruso en Baleares. Nombres como Palma de Mallorca o Ibiza son parte de una tradición centenaria, reconocida en documentos históricos, mapas y en el corazón de muchos baleares que conviven con ambas lenguas sin conflicto. Forzar su sustitución por topónimos en catalán no solo ignora esta realidad, sino que margina a quienes se sienten identificados con las denominaciones en castellano. Es una imposición que no respeta la pluralidad, sino que la aplasta en nombre de una supuesta normalización cultural.

Además, el cambio tiene consecuencias prácticas absurdas. En un mundo global, Ibiza y Palma de Mallorca son marcas universales, sinónimo de turismo y prestigio internacional. Alterarlas por capricho ideológico genera confusión en visitantes, empresas y mercados, poniendo en riesgo la proyección económica de las islas. ¿Quién gana con este disparate? Nadie, salvo los que buscan rédito político en la polarización.

Bolaños, con esta decisión, no solo hace el ridículo al despreciar la riqueza bilingüe de Baleares, sino que alimenta un debate estéril que enfrenta a los ciudadanos. La lengua debe ser un puente, no un muro. En lugar de imponer, el Gobierno debería escuchar a los baleares y respetar su diversidad. Porque Baleares no es solo catalán ni solo castellano: es ambas cosas, y esa es su fortaleza.

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