editorial
El juego de Sánchez: Palestina como excusa para su supervivencia política
Sánchez está utilizando este asunto que conmueve a la opinión pública en su propio beneficio, como una cortina de humo que desvíe el foco, con la esperanza de que los españoles se olviden, al menos un poco y durante un tiempo, de la corrupción
El primer ministro del Estado de Israel, Benjamin Netanyahu, y el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Resulta muy difícil pensar que Sánchez se preocupa por la suerte de los palestinos cuando nunca se ha preocupado más que por su propia suerte, desde luego no por la de los españoles. Un individuo sin escrúpulos ni límites que siempre, de manera sistemática, ha antepuesto su bienestar personal y político a cualquier otra cosa no puede ser sincero cuando habla de Israel y el conflicto con Gaza y Hamas. Así que habrá que buscarle una explicación a esa escalada en sus declaraciones y acciones contra Israel que no tenga que ver con la dignidad y la moralidad, cuestiones que le son ajenas por completo.
La explicación más factible la encontramos, de nuevo, en la estrategia política. Sánchez está utilizando este asunto que conmueve a la opinión pública en su propio beneficio, como una cortina de humo que desvíe el foco, con la esperanza de que los españoles se olviden, al menos un poco y durante un tiempo, de la corrupción que le rodea, de su soledad y sus problemas parlamentarios, de su sumisión a los separatistas catalanes y vascos, a los enemigos de España.
Es muy improbable que lo consiga, desde luego, pero lo va a intentar porque Sánchez es un presidente cada vez más acorralado y actúa a la desesperada. El problema es que, en ese intento desquiciado por mantenerse en el poder, está utilizando a España cono rehén. Poco le importa meter a su país en un lío diplomático que no sabemos qué consecuencias puede tener. Tira de populismo para justificarlo y listo.
Hay que desear y esperar que Israel sepa distinguir entre Sánchez y España y tenga la altura de miras que le falta a nuestro presidente del Gobiero. Sánchez no es España. Solo es una maldita coyuntura que más temprano que tarde, en dos años máximo, habrá pasado.
Sánchez no es creíble en sus críticas a Israel. Para serlo tendríamos que olvidar su modo de comportarse en estos 7 años de Gobierno. Y tendríamos que haberle visto condenar con el mismo arrojo, o al menos condenar a secas, al Régimen venezolano liderado por Nicolás Maduro y a los colaboradores activos del mismo, como su querido y admirado José Luis Rodríguez Zapatero.