Nacionalistas, los padres y los hijos

Familiares, amigos y simpatizantes participan en el acto de homenaje a los militantes de ETA Juan Paredes 'Txiki' y Ángel Otaegi, en Zarautz.
El nacionalismo vasco se encuentra sumido en una pendencia con la que lleva confrontando desde los años 60 del pasado siglo. Es cierto que el PNV, el JEL, del Jaungoikoa eta Lege Zarrak (Dios y Leyes Viejas, que así es su nombre en el viejo idioma de los vascos) ha sufrido diversas escisiones a lo largo de su historia. Que las más notables de ellas fueron el desgajamiento de los miembros menos clericales del partido, que daría lugar a Acción Nacionalista Vasca, en 1930, y la que supondría el nacimiento de Eusko Alkartasuna, como consecuencia del enfrentamiento entre el ex Lehendakari Garaikoetxea y el presidente del PNV, Arzallus, en el año 1986. Pero la más importante de sus rupturas, la que más amargura producía entre las familias nacionalistas, y la que más sangre arrojaría sobre la comunidad vasca y española en general, sería la que daba lugar al nacimiento de ETA en los años 60.
Y si el PNV fue un producto del carlismo, amorosamente mecido en su cuna por el nacionalismo catalán, ETA respondía a ese mismo comportamiento trabucaire de los soldados que exigían el advenimiento de Don Carlos y el regreso al Antiguo Régimen medieval, con sus privilegios, sus aduanas y sus fronteras.
ETA no era una organización revolucionaria. Se enfrentaría, al igual que sus ancestros carlistas lo harían, contra el desafío que los nuevos tiempos suponían, las nuevas ideas, la reducción del omnipresente peso de la iglesia, la industrialización…, sirvan como botón de muestra los mil y un obstáculos que ellos y su brazo político han puesto en todo momento respecto del desarrollo del AVE y su conexión, no sólo con el resto de España, sino con el conjunto de Europa.
ETA era, ante todo y sobre todo, una banda nacionalista. Un nacionalismo estilo años 60 que crecía al compás de los barbudos cubanos que desembarcaban del barco Granma en 1956 e iniciaban allí la expulsión del corrupto gobierno de Fulgencio Batista. Luego vendrían los intentos de Ernesto -‘Che”- Guevara de exportar su revolución a Bolivia o los movimientos no menos nacionalistas de Vietnam, que expulsaría de su territorio al ejército norteamericano.
Gentes procedentes de las familias peneuvistas que reprocharon a sus padres la contradicción en la que estaban incurriendo, cuando, de puertas adentro, vituperaban al franquismo y sus excesos, pero de puertas afuera veían florecer sus negocios en un mercado español fuertemente protegido por la autarquía.
Ellos, los jóvenes de ETA, harían saltar ese artificio. Devolverían la libertad al País Vasco. Y lo conseguirían a través de una estrategia basada en el terror. Se harían fuertes allí donde sus padres habían sido débiles: en la acción.
Han pasado muchos años desde entonces. El primitivo entusiasmo idealista de los que pensaban que la violencia consistía en el mejor de los recursos, cedía el paso a la barbarie y a la instauración de una mafia de extorsión que asesinaba sin tener en cuenta quiénes podían llegar a ser sus víctimas. El deterioro de la organización provocaría el abandono de la misma de muchos de los que luego militaron en el constitucionalismo, y hoy escriben comentarios de referencia o viven en nuestros mejores recuerdos: Juaristi, Onaindía, Uriarte…
Le quedaba poco oxígeno a esa ETA de la intimidación y del crimen. Y el momento del ahogo lo pondrían ellos mismos, cuando, en julio de 1997, practicaron eso que el entonces director de el El Mundo en el País Vasco, Melchor Miralles, calificara como el “asesinato a cámara lenta” del concejal de Ermua, Miguel Ángel Blanco. Había llegado el momento. Un clamor ensordecedor se extendió a lo largo de toda la sociedad española exigiendo su liberación y la desaparición de la banda.
Una marea que el PNV interpretó que les hundiría también a ellos. Y elegía entonces a los etarras y batasunos antes que a los demócratas, suscribiendo con aquéllos los postulados del Pacto de Estella. Está claro los padres nunca abandonan a sus hijos.
La sociedad, el estado de derecho, la política -por una vez alineada con la manera correcta de gestionar los problemas- acorralaron y vencieron a la banda asesina. Pero el PNV acudía solícito al rescate de los restos politicos de su naufragio, no fuera que la desaparición de unos debilitara a los otros. Los gobiernos de Zapatero y de Rajoy aceptaron la propuesta: ETA no acabaría finalmente, sus epígonos políticos les sucederían.
No, los padres no acostumbran a matar a sus hijos, pero éstos sí que destruyen a sus progenitores con tal de afirmar su personalidad. Y ahora, más de 60 años después, vivitos y coleando, reclaman el derecho a su herencia.
Aunque, unas y otras, integran un amplio capital de sangre y destrucción, de dolor y de familias rotas y patrimonios quebrados, de ciudadanos que han debido optar por el exilio interior. Les es igual, ellos continúan en su tierra. Los que se vayan les sobran.
Y ahora, los nuevos gudaris -soldados vascos-, de las bandas que asolaron las tierras y poblaron los cementerios se aproximan a cumplir sus objetivos. Que nadie se llame a engaño, son muchos los responsables.