La corrupción institucional se hace invisible

Koldo, Ábalos y Sánchez en el Congreso
Estamos aceptando sin ningún tipo de contestación acciones y comportamientos de la clase política, y en especial del gobierno y sus parasitarios adláteres, que como acto puntual ya deberían ser un escándalo, y que, paradójicamente, en contra de los dictados de la lógica y de la higiene mental, acaban convirtiéndose en norma, y después de una fase de maduración convenientemente dirigida, ascienden al Olimpo de los derechos.
Cuando lo que realmente sucede en la mayoría de los casos es una pérdida de derechos. Esta normalización de aberraciones políticas debería ponernos a temblar, pues cada paso en este sentido nos aleja de la libertad. Estamos embebidos en los últimos tiempos en un ambiente político en que se percibe un inquietante aroma a corrupción y contra el que no presentamos ningún tipo de respuesta.
O al menos ninguna respuesta eficaz. Esta sumisión que en algunos casos tiene tintes de masoquismo sería impensable hace unas décadas en las que no se hubiera permitido que cualquier tonto cuyo mérito no fuera más allá de pegar carteles de una forma más o menos recta y de lamer los culos indicados llegara a tomar decisiones que afectaran a todos. En este éter de corrupción que nos rodea, produce cierta zozobra que se tolere la corrupción política pero que se acepte la corrupción institucional.
Es escandaloso que la Fiscalía General del Estado tenga a su principal responsable en el banquillo, es escandaloso que ministros se burlen de desgracias a los ciudadanos, es escandaloso que ministros pongan a funcionarios a realizar funciones particulares de los ministros, es escandaloso que se utilicen recursos del estado para satisfacción personal de la familia del presidente, es escandaloso que se insulte desde la Presidencia del Gobierno a otros países, es escandaloso que un grupo terrorista felicite al gobierno, es escandaloso que se movilice a la Armada para que escolte a un grupo de vagos que se quieren meter en un lío de mejtirijilla, y mil escándalos más que se aceptan mientras degradan hasta niveles subterráneos a las instituciones que deben ser las garantes de los derechos y libertades de los ciudadanos.
Desde que los socialistas llegaron al poder con Rodríguez Zapatero, y especialmente con los gobiernos Sanchistas apoyados y mantenidos por la ultraizquierda reforzada con partidos pro asesinos, se ha realizado una eficaz labor de zapa sin precedentes y totalmente inesperada para derribar los pilares en los que se debe mantener el país. Es cierto que hubo entre los citados gobiernos dos legislaturas en las que gobernó, o eso decía, el señor Rajoy y en las que salvo en la parcela económica perpetró una dejación total de funciones que acabó siendo una alfombra roja para el sanchismo. ¡Y vive Dios que lo están logrando!
Si bien todo esto no sería posible sin el silencio de la mayoría de los españoles e incluso el apoyo y defensa casi marcial de algunos que aceptan sin rechistar, enfrentándose incluso con quien lo rebate, el discurso de políticos que los toman por bobos, en muchos casos de forma acertada. Aunque muchos de esos políticos estén peor preparados y sean mucho menos capaces que cualquier españolito de a pie.