EDITORIAL
Mamografías y pulseras antimaltrato: la consejera de Sanidad dimite, la ministra de Igualdad se aferra al cargo
Hay dos maneras de entender la política. La que practica Juanma Moreno engrandece al gobernante: admitir fallos no es debilidad, sino coraje que humaniza y legitima el poder. La de Pedro Sánchez, en cambio, revela inseguridad crónica, un Ejecutivo consumido que elude la rendición de cuentas y erosiona su propia credibilidad
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, saluda al presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, en La Moncloa (imagen de archivo)
En el ajedrez de la política española, dos jugadas recientes ilustran con crudeza las dos caras de la moneda del poder: la responsabilidad frente a la negación. En Andalucía, Juanma Moreno ha optado por la primera, aceptando la dimisión de su consejera de Salud, Rocío Hernández Soto, ante la crisis del cribado de mamografías que ha dejado a unas 2.000 mujeres en la incertidumbre. En Madrid, Pedro Sánchez elige la segunda, aferrándose a su ministra de Igualdad, Ana Redondo, pese al fiasco reiterado de las pulseras antimaltrato que ha puesto en jaque la seguridad de víctimas de violencia de género.
La seña de identidad del sanchismo es culpar siempre a los demás de los errores ajenos, ya sean los jueces, los periodistas o la oposición.
La gestión de Moreno es un manual de liderazgo maduro. Ante los fallos en el protocolo de notificación de resultados —que ha dejado a mujeres sin saber si sus pruebas eran concluyentes—, el presidente andaluz no ha dudado: ha pedido disculpas públicas a las afectadas, ha impulsado la dimisión de Hernández y ha anunciado un plan de choque de 12 millones de euros para revisar casos pendientes antes de fin de mes. Además, ha prometido una auditoría integral del sistema sanitario andaluz, no para encubrir, sino para detectar y erradicar otros posibles problemas. Es política en estado puro: reconocer el error, asumir responsabilidades y priorizar soluciones. Un gesto que no solo apacigua la indignación, sino que fortalece la confianza de los ciudadanos en su Gobierno.
Juanma Moreno se fortalece: reconocer el error, asume responsabilidades y prioriza soluciones
En el otro extremo, el sanchismo patina en la negación sistemática. La crisis de las pulseras antimaltrato, con fallos técnicos que han alertado alertas falsas y brechas de seguridad, ha sido minimizada por Redondo en su comparecencia ante el Senado, donde defendió su gestión como "correcta" pese a las evidencias. El Congreso la ha reprobado y exige su cese, pero Sánchez la respalda incondicionalmente, asegurando que "las víctimas han estado seguras" y culpando a la oposición de politizar el drama. Ni dimisiones, ni disculpas sinceras, ni reformas urgentes más allá de una licitación futura. Solo ataques a los críticos y echar balones fuera. Es marca de la casa, seña de identidad del sanchismo, donde todo es siempre culpa de los demás, ya sean los jueces, los periodistas o la oposición.
Hay dos maneras de entender la política. La que practica Moreno engrandece al gobernante: admitir fallos no es debilidad, sino coraje que humaniza y legitima el poder. La de Sánchez, en cambio, revela inseguridad crónica, un Ejecutivo consumido que elude la rendición de cuentas y erosiona su propia credibilidad. Dos políticos, la cara y la cruz. Dos maneras de gobernar, una al servicio del interés público y otra al servicio particular del gobernante. Moreno admite el error y se engrandece. Sánchez lo niega y se envilece aún más.