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El frentismo que alimenta a Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez

El presidente del Gobierno, Pedro SánchezJoaquín P.Reina

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Pedro Sánchez ha encontrado en el enfrentamiento su salvavidas. Cada vez que la corrupción lo acorrala —su fiscal general procesado, su mujer investigada, sus exnúmero dos señalados por sobres en el PSOE—, responde con lo único que le queda: ruido y división.

España vuelve así a su peor reflejo. Dos mitades que se odian, un país dividido a garrotazos. Una España que te helará el corazón y otra que te hará bostezar.

La Transición pareció desterrar esa condena. Durante décadas, el pacto y la moderación fueron la seña de identidad de una democracia que aprendió a hablarse a sí misma. Hasta que el sanchismo convirtió el poder en una guerra cultural permanente.

El presidente no busca convencer, sino destruir. No quiere pactar, sino dividir. Y en ese ambiente asfixiante todo se deforma: el Congreso se convierte en plató, los jueces en argumento y la calle en trinchera.

Alberto Núñez Feijóo apareció como la esperanza de una España cansada del ruido. El político sensato capaz de atraer al votante moderado. Pero el barro de Sánchez ha salpicado a todos. Porque la política de hoy premia el golpe, no la propuesta; la ocurrencia, no el proyecto.

La salida no pasa por más bronca, sino por más política. Por demostrar que el adversario no es el enemigo, sino el punto de partida.

Sánchez vive del enfrentamiento porque es lo único que le mantiene en pie. Y si el PP cae en ese juego, lo alimenta. La única forma de que acabe su mandato es dejarlo sin escenario: quitarle la gasolina del frentismo. Hacer frente a la polarización.

Feijóo debe volver a hablar al país entero. A la España que no grita. A la que trabaja y paga impuestos. A la que está harta de la corrupción y del ruido.

Porque mientras unos buscan enemigos, el país solo busca soluciones.

A.M. BEAUMONT

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