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El fiscal empapelado, el mentiroso Torres y la obsesión de Sánchez

El fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, durante la primera jornada del juicio en el Supremo

El fiscal General del Estado, Álvaro García Ortiz, durante la primera jornada del juicio en el SupremoEuropa Press

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El fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, está ante el juez. No por error. No por negligencia. No porque se le persiga, sino por servilismo. Lo juzgan por revelar datos confidenciales de un ciudadano —la pareja de Isabel Díaz Ayuso— con un único propósito: dañar políticamente a la “obsesión” de Pedro Sánchez.

Nunca la degradación institucional llegó tan lejos. La Fiscalía, que debía garantizar la imparcialidad del Estado, convertida en una extensión partidista de La Moncloa. El Estado, en herramienta del sanchismo. Y la ley, en arma contra la oposición.

Mientras tanto, la UCO apunta al ministro Ángel Víctor Torres por contratos bajo sospecha. Las reiteradas mentiras del ministro han salido a la luz. Y detrás de él, los viejos fantasmas del PSOE: Koldo, Ábalos, Cerdán, sobres, chistorras, prostitutas… y la sombra cada vez más visible de una financiación ilegal que recorre los pasillos de Ferraz como una corriente subterránea. Una red que ya no puede taparse con argumentarios ni sonrisas.

La corrupción rodea al presidente por todos los flancos: el fiscal procesado, la esposa investigada, el hermano imputado, el partido bajo sospecha.

Y, sin embargo, Sánchez se escuda en el “no me consta”, finge normalidad, actúa. Como si el poder no se le estuviera descomponiendo entre las manos.

Su silencio es miedo. El miedo de quien sabe que los jueces y los guardias civiles avanzan donde ya no llegan los propagandistas.

La verdad siempre acaba saliendo, incluso cuando se intenta tapar a golpe de telediario y subvención.

Porque lo de García Ortiz no es un juicio aislado: es el retrato de un Gobierno que ha hecho del control, la mentira y la intimidación su modo de supervivencia.

La justicia persigue el abuso.

Y cada caso nuevo abre la misma conclusión: el problema no es un fiscal, ni un ministro, ni un partido.

El problema es Sánchez.

A.M. BEAUMONT

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