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LA MIRILLA

Sánchez, en manos del Supremo

El presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno y líder del PSOE, Pedro Sánchez.Europa Press

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El juicio al fiscal general del Estado, Álvaro García Ortiz, entra en su tramo final. En los próximos días quedará visto para sentencia. El Tribunal Supremo decidirá si actuó conforme a la ley o si cruzó la línea roja de usar su cargo para servir al poder político.

Pero, más allá del fallo judicial, el juicio real es otro: el que enfrenta a Pedro Sánchez con su propia credibilidad.

Porque el presidente del Gobierno ha hecho del fiscal su emblema. Lo ha blindado, defendido, exaltado, incluso antes de escuchar la sentencia. Y esa apuesta tiene un precio político que pagará, gane o pierda el acusado.

Si García Ortiz es declarado inocente, el golpe a la alternativa será inmediato. Sánchez lo usará como victoria moral, se presentará como víctima de una persecución y saldrá a proclamar que “la Justicia le ha dado la razón”. Aunque la absolución no borre la sombra de servilismo que ha convertido a la Fiscalía en sucursal de La Moncloa.

Pese a ser una victoria con sabor a derrota institucional. Perderán aquellos que han confiado en la Justicia como el gran contrapoder a un Gobierno que somete instituciones que deben ser independientes.

Si, por el contrario, el Supremo lo condena, el efecto será devastador. Un fiscal general culpable de filtrar documentos para perjudicar a una rival para sacar beneficio partidista dejaría a Sánchez sin suelo político. Ya no sería solo corrupción o descomposición moral: sería la confirmación de que el Estado se usó como arma contra los adversarios.

Un antes y un después en la historia democrática reciente.

Sea cual sea el fallo, España ya ha perdido algo esencial: la confianza en la neutralidad del poder. El veredicto no solo marcará el destino del fiscal, sino el de un presidente que confundió la lealtad institucional con obediencia personal.

Porque en el fondo, lo que se juzga no es a García Ortiz. Es el modo de entender el poder. Y ese juicio, hace tiempo, Sánchez lo tiene perdido en la calle. Ahora, le toca el turno al Tribunal Supremo.

A.M. BEAUMONT

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