Moncloa con parada en un caserío y en Soto del Real

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Esta semana Pedro Sánchez ha vivido su particular semana de pasión. En estos siete días hemos conocido cómo se inició el sanchismo y cómo ha terminado. Se inició en una reunión en un caserío vasco con el condenado por terrorismo Otegi que facilitó la moción de censura a Rajoy, y su agónico final lo estamos viviendo con la entrada en la cárcel de Soto del Real de tres de sus fundadores: Ábalos, Cerdán y Koldo; el cuarto sigue, por el momento en La Moncloa.
Da escalofríos recordar que en algunos de esos caseríos se escondían zulos donde se asesinaron a ciudadanos, se escondían armas y se retenían secuestrados por parte de la banda terrorista ETA, y que el actual presidente del Gobierno no tuvo ningún problema en acudir a un escenario oscuro para posibilitar su entrada en la Moncloa. Esta imagen es terrible en una democracia y solo por eso debería presentar su renuncia.
El Gobierno que nació sobre un zulo en un caserío, está acabando en una celda del centro penitenciario de Soto del Real, esa es la realidad, y lo es a pesar de los frases pretendidamente graciosas y ocurrentes que recitan como loros los ministros para desviar la atención de la opinión pública. La última la recitó Bolaños en el Congreso, al decir que la oposición está “chupando banquillo”, a lo que Tellado contestó rápidamente que quién está chupando banquillo eran Ábalos y Koldo. Así de ridículas quedan las ocurrencias que le escribe alguno de los casi mil asesores de la Moncloa.
Sánchez recorrió España en sus primarias a bordo de un Peugeot con tres procesados por corrupción y se fue un oscuro caserío a bordo de un Toyota, en ambos casos conducía Koldo, aquel que Sánchez conocía “anecdóticamente” como afirmó mintiendo en la comisión que investiga la corrupción socialista en el Senado.
Ese es el legado del sanchismo que ha convertido al PSOE en un partido que está más a gusto entre delincuentes que homenajeando a políticos honestos como el que fue presidente socialista de Aragón Javier Lambán, que en su homenaje en el Senado en esta semana de pasión socialista reunió al viejo socialismo con Feijóo sin que ningún socialista sanchista se dignara a acudir, lo cual llevó a Alfonso Guerra a afirmar que “no entiende como el actual PSOE dice sentirse más a gusto con Bildu que con el Partido Popular”, afirmación que viene a poner negro sobre blanco lo que muchos ciudadanos piensan y que supone una denuncia sobre la transformación del “viejo socialismo” en el “nuevo sanchismo”.
Pero la responsabilidad de la continuidad de este Gobierno no solo la tiene el autoritarismo narcisista de Pedro Sánchéz, sino que la tienen los socios que lo sostienen desde la moción de censura pactada sobre el zulo del caserío y que se mantiene a pesar de la celda de Soto del Real. Es indecente escuchar a Yolanda Díaz, a Rufián, A Baldoví o a Aitor Esteban diciendo que “están muy enfadados”, pero el dedo en el botón de apoyo al Gobierno en las votaciones del Congreso siempre lo tienen muy rápido, y le dan su apoyo sin mostrar ese “supuesto” enfado. Sin duda esta complicidad con el delito les hundirá electoralmente despertando oscuros fantasmas como está ocurriendo en Cataluña y en el País Vasco, territorios en los que la radicalidad de Alianza Catalana y Bildu se está imponiendo sobre los viejos partidos.
La Moncloa la conquistó Sánchez en un oscuro caserío y probablemente la perderá en una oscura celda, y entre los años que han trascurrido entre el zulo y la celda los españoles hemos sufrido un retroceso de los valores democráticos forjados en la transición. Por eso es necesario que volvamos al comienzo, que volvamos al espíritu constituyente y para evitar que vuelva a ocurrir dotemos a nuestra democracia con los suficientes resortes para que nunca más un político como Sánchez destruya nuestra convivencia.