La Hipocresía progre brilla bajo el sanchismo en su máximo esplendor
El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, interviene durante el acto conmemorativo por el centenario de la muerte de Pablo Iglesias Posse, en la sede de UGT,¡
Cuando a mediados del siglo XIX Karl Marx escribió el “Manifiesto Comunista” obviamente se dirigía a la clase trabajadora, ya que entendía que eran los proletarios del mundo los que habían de protagonizar la batalla política y cultural contra una burguesía definitivamente asentada como clase dominante a raíz de las revoluciones liberales acaecidas en el siglo XVIII en Estados Unidos y Francia. Fue ya a comienzos del siglo XX cuando el filósofo italiano Antonio Gramsci entendió como necesarias la utilización de las instituciones de enseñanza y la colaboración de los intelectuales con la clase obrera para lograr la hegemonía cultural del relato marxista en el seno de las sociedades burguesas y así hacer factible la revolución comunista.
Hasta la caída del Muro de Berlín en 1989 y la posterior desintegración de la Unión Soviética en 1991 el marxismo logró hasta cierto punto sus objetivos, ya que no solo proliferaron las dictaduras comunistas, sino que también las democracias liberales se vieron contaminadas por el discurso colectivista de pensadores, como Louis Althusser, Jean-Paul Sartre o Herbert Marcuse, cuya indudable talla intelectual no evitó sus nefastos planteamientos políticos, tal y como la historia ha venido a demostrar con claridad meridiana.
Sin embargo, el fracaso socioeconómico de los países comunistas en conjunción con los indudables logros de la democracias liberales en términos de bienestar social fue difuminando la lucha de clases, de tal forma que la batalla cultural comenzó a decantarse en favor de la democracia y el libre mercado, en detrimento del totalitarismo comunista y la economía planificada. Evidentemente ante esta precaria situación el socialcomunismo necesitaba como agua de mayo ampliar su base social de sustentación, por lo que intentaron convencer con sus proclamas no solo a la clase obrera, sino también a las clase media. Así, se celebró en las postrimerías del siglo XX el llamado Foro de Sao Paulo, organizado por dictadores de la talla de Fidel Castro, Hugo Chávez y Lula da Silva, dando ello lugar al nacimiento del “Socialismo del siglo XXI”.
Este socialismo de nuevo cuño tenía como propósito unificar a la izquierda latinoamericana, incluyendo en sus propuestas programáticas una reformulación lingüística del ideario marxista, ya que básicamente preconizaba la búsqueda de la igualdad a través de la redistribución de la riqueza, bien mediante una elevada carga impositiva a las clases medias y altas, bien mediante la nacionalización de los medios de producción, es decir, nada nuevo bajo el sol. De hecho, como siempre ha acontecido en los países gobernados por la izquierda, la pretendida redistribución de la riqueza consistía en que las élites en el poder se quedaban con el dinero, mientras que entre los pobres se repartía la miseria.
Paralelamente, a raíz del radicalismo identitario desarrollado fundamentalmente por Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, el socialcomunismo sustituyó, sino totalmente sí al menos parcialmente, la lucha de clases por la lucha de identidades -esto es, la lucha entre hombres y mujeres, blancos y negros y heterosexuales y homosexuales- con el claro objetivo de generar en el seno de las sociedades occidentales una situación de permanente conflictividad, sabedores de que solo en medio del caos social el neomarxismo cultural tenía posibilidades de éxito.
Con este planteamiento de base, lo cierto es que, a pesar de que la realidad social no lo justificaba, las sociedades occidentales, atravesadas por la lanza de la decadencia construida en los fogones del déficit espiritual y la abundancia material, aceptaron el programa socialista y lo transformaron en el llamado “pensamiento políticamente correcto”. Esencialmente esta corriente de pensamiento se caracteriza por atentar contra el sentido común y la moral cristiana desde la negación apriorística de la existencia de realidades objetivas universales, incluidos los hallazgos científicos, por entender que todo ello es parte de una discurso hegemónico con evidentes connotaciones patriarcales y heteronormativas, sin tener en cuenta que en las democracias occidentales dicho discurso estaba en vías de extinción, como lo demuestra el progresivo empoderamiento de la mujer, las permanentes exhibiciones de orgullo gay, la aceptación social del movimiento “Black Live Matter” y, por encima de todo ello, la igualdad jurídica de todas los individuos, con independencia de su sexo, orientación sexual, raza o ideología.
Ante este equívoco escenario y muy probablemente amedrentados por la imperante “cultura de la cancelación” que envía al ostracismo social a toda voz disidente, surgió el “progre”, es decir, ese individuo no exento de recursos económicos que, con un porte un tanto desaliñado, deambula permanentemente sometido al “pensamiento políticamente correcto”, muy probablemente porque, dado su escaso bagaje intelectual, dicho constructo teórico le proporciona las consignas que necesita para construir un discurso compatible con el sentir cultural mayoritario de esa izquierda populista y fracasada a la que rinde pleitesía.
De hecho, ejemplificando esta suerte de incapacidad ideativa, se da la circunstancia de que la gran mayoría de los progres, en un alarde de esnobismo pretencioso e insustancial, se declaran socialistas y nietzscheanos, lo cual no solo constituye una paradoja irresoluble debido el carácter colectivista del marxismo y el libertarismo inherente a los planteamientos de Friedrich Nietzsche, sino que también demuestra que la impostura intelectual en estado puro es una de las principales señas de identidad de la progresía.
Si esto sucede en el plano ideológico, en el terreno fáctico el sanchismo es el heredero europeo por antonomasia del socialismo latinoamericano, como lo demuestra, por un lado, que José Luis Rodríguez Zapatero sea a la vez el embajador plenipotenciario del narcodictador bolivariano Nicolás Maduro y el asesor áulico de Pedro Sánchez y, por otro lado, que el Gobierno socialcomunista sea el paladín del expolio impositivo a la ciudadanía y de las luchas identitarias en el seno de la sociedad. Buen ejemplo de esto último es su férrea defensa del feminismo radical defendido por el movimiento LGTBIQ+, cuyo máximo exponente intelectual es la desquiciada filósofa estadounidense Judith Butler.
Sin embargo, como señaló en un ataque de sinceridad Iñigo Errejón en su comparecencia ante el juez por su presunta agresión sexual a la actriz Elisa Mouliaá, una cosa es lo que se dice por intereses políticos y otra es lo que ocurre en la vida real, desmontando así, de un plumazo, el eslogan “Hermana yo si te creo” que el mismo había proclamado en repetidas ocasiones ante cualquier denuncia por agresión sexual con independencia de las pruebas aportadas. Sin embargo, no es este un caso aislado dentro de las filas de la izquierda en el que el dato mata al relato, ya que en los últimos días la opinión pública se ha visto conmocionada por la ocultación por parte del PSOE de las denuncias por acoso sexual realizadas por diferentes militantes socialistas contra otro supuesto feminista progre como Paco Salazar, es decir, contra el elegido por P. Sánchez para ser el secretario de Organización del PSOE en sustitución de Santos Cerdán, el cual, a su vez, había sustituido a José Luis Ábalos, y es que curiosamente cuando el psicópata monclovita pone el ojo en aquel que ha de ser su mano derecha indefectiblemente nos encontramos con un delincuente.
Decía el exministro socialista, amén de corrupto y putero, José Luis Ábalos que “Somos feministas porque somos socialistas”, escenificando así un brindis al sol que, en consonancia con lo expuesto, viene a confirmar que la hipocresía progre bajo el mandato sanchista brilla en su máximo esplendor, debido fundamentalmente a que la inmoralidad que rige la actividad del partido socialista carece de límites.