la mirilla
Sánchez, cuesta abajo y sin frenos
Pedro Sánchez en un acto en la sede de UGT
Hay imágenes que definen un tiempo político.
La de Pedro Sánchez amarrado al poder mientras, a su alrededor, estallan escándalos a diario, es una de ellas. Demoledora. Incomprensible.
Cada jornada abre con un sobresalto: registros, detenidos, imputados, dimisiones, tramas, acosos, comisiones, fontaneras monclovitas, fiscal condenado, hermano procesado, esposa investigada. Se necesita una guía para seguir tanto mangante y corruptela.
Un paisaje que cualquier otro dirigente consideraría inasumible.
Sánchez no. Él sigue.
El país oye sirenas. Él se tapa los oídos.
No es resistencia: es negación. No es liderazgo: es supervivencia. No es política: es una huida hacia adelante con gasolina institucional.
La pregunta no es por qué aparecen nuevos escándalos. La pregunta es cómo un presidente puede gobernar un país mientras administra, en paralelo, un enjambre de causas judiciales propias y ajenas.
¿Cómo puede sostenerse algo así sin que todo salte por los aires?
Sánchez ha convertido La Moncloa en un búnker emocional: el lugar donde nada es culpa suya, todo es “acusaciones de la derecha” y cualquier contratiempo se soluciona con un CIS exprés, un ataque a Ayuso o un viaje internacional para cambiar de decorado.
Pero la realidad ya no espera.
La corrupción ya no rodea al poder: lo empapa.
Y las sirenas suenan cada vez más cerca.
Lo incomprensible no es que caiga gente de su entorno. Lo incomprensible es que él siga ahí, impasible, convencido de que el país puede soportar lo que ya no soporta ni su propio partido.
A.M. BEAUMONT