Madrid entre las luces y la nostalgia

Madrid entre las luces y la nostalgia
Hay una escena que Madrid ya no recuerda. Una ciudad envuelta en frío, con calles silenciosas y pasos apresurados, donde la Navidad no era un espectáculo sino una sensación. Azorín, que sabía mirar lo minúsculo con una delicadeza casi quirúrgica, habría reconocido aquella estampa y quizás habría escrito —como en La voluntad— que “lo diminuto, lo inadvertido, tiene su encanto eterno”.
Hoy, sin embargo, lo diminuto ha sido arrollado. Y lo inadvertido, eliminado. Es imposible recorrer la Plaza Mayor en diciembre sin sentir que uno está asistiendo a un macrofestival. Los puestos siguen ahí, sí, pero rodeados por un enjambre constante de
móviles levantados, grupos organizados, rutas turísticas, colas que serpentean como procesiones. El mercadillo ya no huele a resina ni a barquillo: huele a saturación y a postureo.
El Belén de Sol —se debe recordar que la tradición belenística en España nació en el Palacio Real de Madrid, gracias a Carlos III— se ha convertido en una atracción más. Para verlo hay que hacer cola kilométrica, como si se tratara de acceder a una montaña rusa. La espera ocupa tanto tiempo que la contemplación pierde sentido. La tradición, que requería calma, se convierte en trámite.
Y mientras tanto, las luces LED dominan la ciudad desde noviembre, como si Madrid quisiera competir con Las Vegas, convirtiéndose en destello y eclipsando lo que debería iluminar,
como los augustos edificios vestigios de historia o las placas conmemorativas de aquellos magníficos escritores de la Generación del 98 que hicieron brillar a la Capital
La Navidad madrileña se ha transformado en un producto de consumo inmediato. Como ya ocurrió con las Fallas de Valencia, el éxito fue su condena. La masificación no es sólo un inconveniente: es un agente transformador. Desvirtúa, distorsiona, borra. Lo que antes era celebración vecinal hoy es un tablero para influencers y una excursión obligada para el visitante de fin de semana.
Y es inevitable preguntarse:
¿De quién es ahora la Navidad?
¿Del vecino que intenta cruzar la Gran Vía?
¿Del niño que no puede acercarse a las figuras del belén porque hay treinta móviles delante? ¿O del turista que viene atraído por titulares y fotos, buscando una postal que ya no existe más que en las redes?
Recordando otra vez a Azorín, el de Monòver, hablaba de un Madrid íntimo, casi doméstico, donde “cada instante guarda su eternidad escondida”. Aquella Navidad, con sus figureros, sus tenderetes modestos, sus familias paseando sin prisa, sí contenía esa eternidad. La de hoy, sin embargo, brilla pero no permanece, ni creo que nadie la añore, ni la recuerde, salvo los dueños de los apartamentos turísticos.