Trump desata la esperanza entre los venezolanos al tiempo que siembra un mar de incertidumbres

El presidente de EE.UU, Donald Trump.
Como era previsible la “Operación Lanza del Sur”, iniciada oficialmente por la Administración Trump el 13 de noviembre de 2025, culminó, al menos momentáneamente, cuando en la madrugada del 3 de enero de 2026 misiles Tomahawk lanzados desde buques de guerra destruyeron las defensas antiaéreas venezolanas, cientos de aeronaves F-18 y F-35 bombardearon instalaciones militares ubicadas en Caracas y los Estados de Aragua, La Guaria y Miranda y finalmente unidades Delta Force transportadas en helicópteros de combate, acompañadas por agentes de la DEA y del FBI, capturaron a Nicolás Maduro y a su esposa, Cilia Flores, en un búnker localizado en el Fuerte Tiuna, para posteriormente ser trasladados a una cárcel de Nueva York, donde serán juzgados en la Corte Federal por los delitos de narcotráfico y terrorismo.
Obviamente, ante una operación de tal magnitud las reacciones no se hicieron esperar. Así, países plenamente democráticos como Francia, Italia, Israel, Argentina, Chile, El Salvador, Panamá, Ecuador, Bolivia, Paraguay, Guayana, Puerto Rico y República Dominicana apoyaron la intervención militar de los EE.UU. por entender que con ello se descabezaba a la narcodictadura chavista para así reconducir al pueblo venezolano a la senda de la democracia, la libertad y la prosperidad. Sin embargo, otros países, claramente alineados en el eje del mal, como China, Rusia, Irán, Brasil, Cuba, Nicaragua, México, Colombia, Uruguay y, cómo no, la España sanchista denunciaron la intervención estadounidense por considerar que contravenía la Carta de las Naciones Unidas y el Derecho Internacional debido a que según su particular punto de vista suponía una agresión que violaba la soberanía venezolana.
En este punto corresponde por tanto dilucidar cuál de estas dos posturas resulta más razonable a la vista de las circunstancias que rodean la actuación estadounidense. En este sentido cabe señalar que tanto la ONU como el Derecho Internacional defienden el respeto a la democracia y a los derechos humanos, algo que en ningún caso ha sido llevado a cabo por el régimen dictatorial chavista. Así, las elecciones venezolanas celebradas el pasado 28 de julio de 2024 otorgaron una aplastante victoria a la Plataforma Unitaria Democrática liderada por Edmundo González Urrutia y María Corina Machado, algo que no satisfizo en absoluto a la cúpula chavista en el poder, razón por la cual, haciendo caso omiso de la voluntad popular expresada en las urnas, el régimen decidió de forma absolutamente fraudulenta mantener en el poder al candidato oficialista, esto es, a Nicolás Maduro, lo cual evidentemente fue cualquier cosa menos respetuoso con las reglas del juego democrático. A su vez, desde la llegada de Hugo Chávez al poder allá por 1999 hasta el día de hoy, el chavismo no solo ha asesinado, torturado y encarcelado a decenas de miles de venezolanos por el simple hecho de ser opositores a la narcodictadura chavista, sino que también ha sumido en la miseria a más del 50% de los venezolanos, obligando todo ello a que casi 10 millones de personas se hayan visto obligadas a exiliarse, todo lo cual tampoco parece muy respetuoso con los derechos humanos de los venezolanos. En definitiva, los hechos acaecidos demuestra de forma fehaciente que hablar de democracia y derechos humanos para defender la soberanía de la dictadura chavista solo puede entenderse como una muestra de maldad y cinismo que supera con creces los límites de lo humanamente aceptable.
En cualquier caso, como la solución a los dilemas casi siempre acaba abriéndose camino, nos encontramos con que, tras la intervención militar estadounidense, miles de venezolanos desperdigados por todo el mundo inundaron las calles no precisamente para manifestar su apoyo a Nicolás Maduro y su narcorégimen de terror, sino para expresar la enorme satisfacción que la captura del dictador les provocaba, apoyando con ello la intervención militar estadounidense contra la dictadura chavista
Una vez concluida de forma impecable la misión de las fuerzas estadounidenses en suelo venezolano salió a la palestra Donald Trump y lo cierto es que su discurso dejó algunas certezas y muchas incertidumbres. Así, parece claro que el presidente estadounidense pretende establecer un periodo de transición en el que la vicepresidenta del gobierno chavista, Delcy Rodríguez, ejercerá las funciones de presidente interino, si bien su acción de gobierno estará permanentemente supervisada por una dupla formada por el secretario de Estado, Marco Rubio, y el secretario de Defensa, Pete Hegseth. Aunque no fue particularmente explícito, parece ser que el presidente Trump mantendrá conversaciones con la cúpula chavista para que estos se avengan a sus planes, entre los que se encuentra traer de vuelta la democracia a Venezuela mediante la celebración de unas nuevas elecciones generales y reestructurar la economía venezolana mediante la gestión del petróleo por parte de empresas estadounidenses. Si bien ambos planteamientos puede resultar aceptables tanto en términos políticos como económicos, debido a que la represión chavista se ha visto acompañada de un destrozo mayúsculo de la capacidad productiva de la industria petrolera, lo que se ha echado en falta ha sido el establecimiento de un cronograma que determine el horizonte temporal previsto para que dicho proceso de reformas traiga consigo la vuelta de Venezuela a la normalidad.
En consecuencia, sin pretender poner en duda la rectitud de las intenciones de la Administración Trump, de lo que sí cabe dudar es de que un gobierno constituido entre otros por un despojo humano como Delcy Rodríguez, acusada por la Corte Penal Internacional de cometer delitos de lesa humanidad, y dos criminales de la talla de Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, ambos ministros del gobierno chavista y miembros de la cúpula del Cartel de los Soles, sea capaz de colaborar con Estados Unidos para desmantelar el régimen chavista y llevar a cabo una transición pacífica desde la dictadura que ayudaron a mantener con mano de hierro hasta una democracia que ha de condenarlos al ostracismo, con la única recompensa de no recibir el castigo que sus execrables crímenes merecen. De hecho, las declaraciones de estos tres diabólicos individuos no parecen ir en el sentido de estrechar lazos con Estados Unidos, sino más bien todo lo contrario, ya que todos ellos han manifestado públicamente que la intervención estadounidense no es otras cosa que una criminal agresión militar, razón por la cual exigen a los organismos internacionales que condenen los hechos y presionen a la Administración Trump para que libere a Nicolás Maduro y le devuelva el poder. A sabiendas del delicado panorama que se avecina, un día después de la intervención militar Marco Rubio ha querido reconducir la situación y calmar los ánimos al declarar públicamente que con Delcy Rodríguez se puede negociar y que de no hacerlo de manera correcta pagará un precio más alto que el propio Nicolás Maduro, añadiendo a continuación que desgraciadamente la mayoría de la oposición no se haya en territorio venezolano, por lo que en el momento actual resulta necesario una interlocución directa con el chavismo para abordar los asuntos que requieren una solución a muy corto plazo.
Decía Giuseppe Tomasi di Lampedusa en su obra El Gatopardo que “Es necesario que todo cambie para que todo continue igual”. Pues bien, de cumplirse esta máxima tras el descabezamiento del régimen chavista cabría decir que para ese viaje los venezolanos no necesitaban alforjas, por lo que que si la Administración Trump está realmente interesada en liderar un proceso de transición hacia la democracia en tierras venezolanas debe entender que el futuro de Venezuela ha de estar inextricablemente ligado al liderazgo de María Corina Machado, por ser la persona que con suma inteligencia y firme determinación ha sido capaz de convertirse en la fiel representante del anhelo de libertad que alberga el pueblo venezolano tras padecer durante años el infierno chavista. Cualquier otra cosa resultaría absolutamente inapropiada e inaceptable.