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Brindo por las mujeres, en la primera línea de la libertad

Feminismo

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En todos los grandes procesos de liberación de la historia contemporánea, las mujeres han desempeñado un papel decisivo. No como víctimas pasivas, sino como protagonistas de una lucha que va mucho más allá de sus propios derechos: la lucha por la libertad, la dignidad y la democracia. Hoy lo vemos con claridad en lugares como Venezuela o Irán, donde miles de mujeres se enfrentan a regímenes autoritarios poniendo en riesgo su seguridad, su libertad y, en muchos casos, su vida.

En Venezuela, el liderazgo de María Corina Machado simboliza la determinación de una mujer que ha desafiado durante años a una dictadura que persigue la disidencia política y niega derechos fundamentales. Antes que ella, figuras como Lilian Tintori ya habían convertido el dolor de la represión en una causa internacional. Son mujeres que no buscan cuotas de poder ni discursos simbólicos: buscan libertad real para su pueblo. Su lucha no es identitaria, es profundamente democrática.

En Irán, el movimiento “Mujer, Vida, Libertad” ha demostrado al mundo que las mujeres son el motor de una revolución moral contra un sistema que las considera ciudadanas de segunda. Allí, mostrar el cabello, manifestarse o alzar la voz puede significar prisión, tortura o muerte. Y aun así, lo hacen. Porque entienden que sin mujeres libres no existe una sociedad libre.

Estas mujeres encarnan el verdadero sentido del feminismo: la defensa universal de la dignidad humana, sin cálculos ideológicos ni silencios selectivos. Y es precisamente ahí donde aparece una pregunta incómoda pero imprescindible: ¿dónde están esas feministas de boquilla? ¿Dónde están aquellas que llenan titulares en países europeos, pero callan ante las masacres en Irán o la represión en Venezuela?

El feminismo no puede ser creíble si es selectivo. No puede indignarse solo cuando el opresor pertenece al “bando equivocado”. Si el feminismo se convierte en una herramienta partidista, deja de ser una causa moral y se transforma en propaganda. Y en eso, el Gobierno de España, y sus socios, son especialistas.

Ese Pedro Sánchez que presume de liderar la defensa de los derechos de las mujeres, en la práctica impulsa políticas que han reducido su protección jurídica y han empeorado su situación social y económica.

La llamada “ley del solo sí es sí” es el ejemplo más dramático. Una norma presentada como un avance histórico para la protección de las mujeres frente a la violencia sexual ha tenido como consecuencia la reducción de penas a agresores sexuales y la excarcelación de cientos de delincuentes condenados por violación y abusos. Lejos de fortalecer la seguridad de las mujeres, la ha debilitado. Lejos de enviar un mensaje de firmeza frente al crimen, ha generado una enorme inseguridad jurídica y una profunda sensación de abandono entre las víctimas.

¿Cómo puede un gobierno hablar de feminismo mientras aprueba leyes que terminan beneficiando a los agresores? ¿Cómo puede presumir de proteger a las mujeres cuando sus decisiones legislativas provocan que violadores vean reducidas sus condenas? Esa contradicción no es ideológica: es moral.

A esto se suma la realidad económica. La situación de muchas mujeres en España es hoy más frágil de lo que el discurso oficial quiere admitir. Las tasas de paro femenino siguen siendo sistemáticamente superiores a las masculinas. En los últimos años, el desempleo entre mujeres ha aumentado en términos absolutos y relativos, especialmente entre jóvenes y mayores de 45 años. La temporalidad sigue afectando más a las mujeres, así como los empleos a tiempo parcial involuntarios, que en su mayoría recaen sobre ellas.

Además, la pobreza tiene rostro femenino. Más del 60% de los hogares monoparentales en España están encabezados por mujeres, y son también los más expuestos al riesgo de pobreza y exclusión social. Las mujeres mayores, especialmente aquellas con carreras laborales interrumpidas por el cuidado familiar, sufren pensiones más bajas y mayor dependencia económica. Esta es una realidad estructural que no se soluciona con eslóganes ni con ministerios ideológicos.

Mientras tanto, el Gobierno multiplica leyes simbólicas, campañas de comunicación y estructuras burocráticas, pero no logra mejorar de forma sustancial la seguridad ni la independencia económica de las mujeres. Se habla mucho de feminismo, pero se protege poco a las mujeres reales.

Y esa es la gran incoherencia: se exige solidaridad internacional cuando conviene políticamente, pero se ignora a las mujeres que luchan contra dictaduras; se presume de proteger a las mujeres en casa, pero se aprueban leyes que reducen su seguridad jurídica; se proclama la igualdad, pero se tolera que el paro, la precariedad y la pobreza sigan golpeando con más fuerza a las mujeres.

Las mujeres de Venezuela y de Irán no piden privilegios. Piden libertad. Piden vivir sin miedo. Piden que su voz cuente. Y lo hacen enfrentándose a regímenes que no dudan en reprimirlas con violencia extrema. Su ejemplo deja en evidencia a quienes convierten el feminismo en una etiqueta política vacía.

El verdadero feminismo no es cómodo. Es incómodo, valiente y coherente. Defiende a las mujeres donde más cuesta hacerlo. Se enfrenta a los dictadores, no los justifica. Protege a las víctimas, no a los agresores. Promueve la independencia económica real, no la dependencia de subsidios mal diseñados.

Europa, y España en particular, necesitan recuperar esa coherencia moral. Necesitamos un feminismo que no se esconda ante Irán, que no mire a otro lado ante Venezuela, y que no traicione a las mujeres españolas con leyes mal hechas y políticas económicas fallidas.

Las mujeres que luchan hoy por la libertad en el mundo nos están dando una lección de dignidad. Como Calamaro, yo “brindo por las mujeres”.

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