la mirilla
La democracia cansada de Sánchez que vota contra ella
Congreso
Las democracias no suelen caer por golpes de Estado. Caen por aburrimiento.
No por odio, sino por hastío.
No porque la gente quiera menos libertad, sino porque deja de creer que el sistema sirva.
Ese es el fenómeno que recorre hoy Occidente: democracias cansadas que empiezan a votar contra sus propios pilares.
No es nuevo. Pero ahora es masivo.
Los llamados partidos protesta ya no son marginales ni anecdóticos. En muchos países superan a los conservadores clásicos y se alimentan del desgaste de la desconcertada socialdemocracia histórica. No llegan con grandes programas. Traen bajo el brazo una acusación sencilla: esto ya no funciona.
Y tienen razón en algo fundamental.
Las democracias liberales se han vuelto lentas, hablan sin parar y se miran demasiado a sí mismas.
Prometen mucho y dan poco. Gestionan mal la inseguridad, la inmigración, la inflación, la identidad. Y, al final, el miedo. Y cuando no saben resolver, moralizan. Cuando no convencen, señalan al votante.
Ese es el error fatal.
Cuando un sistema empieza a decirle a la gente que vota mal, ha empezado a perderla.
España es un ejemplo claro de este proceso. Aquí la democracia no está amenazada por militares ni por asaltos al Parlamento. Está erosionada por una política que escucha poco. Por un poder que confunde legitimidad con supervivencia, que se zambulle en escándalos y corrupción, que intenta colonizar instituciones llamadas a ser imparciales y que, cuando ya nada le funciona, responde al descontento con etiquetas morales en lugar de con soluciones.
El votante español no se ha vuelto extremista. Se ha vuelto desconfiado.
Y eso se nota en la abstención creciente, en el trasvase de votos, en el apoyo a opciones que no prometen gobernar mejor, sino sacudir el tablero.
Por eso crecen fuerzas que no ofrecen soluciones milagro, pero sí una cosa poderosa: ruptura. No necesariamente con la democracia, sino con la democracia agotada.
Trump es hijo directo de ese momento. No porque proponga un modelo mejor, sino porque dinamita uno que muchos sienten ajeno. Y en España ocurre algo similar, aunque con formas distintas: el voto se utiliza cada vez más como castigo y cada vez menos como proyecto.
No es una rebelión ideológica. Es una rebelión emocional.
El votante no se vuelve radical porque le hayan informado demasiado, sino porque siente que nadie le escucha. Percibe que el sistema funciona para sí mismo, no para él. Ve que la política se protege antes de servir.
La paradoja es brutal: cuanto más se defiende el sistema en abstracto, más se debilita en la práctica. Se invocan valores universales mientras se rompe la conexión real con la vida cotidiana.
La democracia no se erosiona porque tenga enemigos externos. Se marchita cuando deja de ser eficaz, justa y comprensible para los suyos.
Y ahí aparece el riesgo mayor de la era del agotamiento: no el colapso inmediato, sino la sustitución silenciosa. No se derriban instituciones. Se vacían. Se convierten en terminales partidistas al servicio del que manda. Y al final, las libertades se vuelven irrelevantes.
Las democracias cansadas no mueren gritando. Mueren bostezando.
Por eso este no es un tiempo de revoluciones clásicas, sino de desplazamientos. De votantes que se mueven sin fe. De sistemas que sobreviven sin entusiasmo. De elecciones que ya no ilusionan, solo corrigen.
Cuando una democracia llega a ese punto, no basta con defenderla. Hay que reconstruir su autoridad, su eficacia y su vínculo emocional con la sociedad.
Si no, otros lo harán. No siempre mejor. Pero siempre con más decisión.
A.M. BEAUMONT