LA MIRILLA
Los “paletos de derechas” de Óscar Puente

El ministro de Transporte, Óscar Puente, en un momento de su comparecencia urgente desde Madrid para explicar lo que se sabe del accidente de dos trenes en Adamuz (Córdoba)
Los accidentes no siempre son accidentes. A veces son avisos que llegaron tarde. Óscar Puente, el ministro de Transportes, seguramente, hoy estará lamentando haber insultado a los que ponían de manifiesto los muchos problemas de la red ferroviaria llamándoles “paletos de derechas”.
El terrible siniestro ferroviario de Córdoba no puede despacharse como una desgracia inevitable, como un fallo técnico aislado o como una mala noche. Esa explicación tranquiliza conciencias, pero no explica nada.
Porque cuando un tren descarrila, no solo hay un error mecánico. También existe una cadena que se rompe.
Se resiente la inversión sostenida. Se debilita el mantenimiento silencioso.
Se relaja la vigilancia que no da titulares. Se diluye la prioridad política.
España presume —con razón— de alta velocidad y grandes infraestructuras, de modernidad. Pero el Estado no se mide por lo que inaugura, sino por lo que cuida cada día sin cámaras delante.
Y ahí empieza el problema.
Durante años, la política ha vivido atrapada en el relato, la confrontación y la supervivencia. Mientras tanto, lo básico —lo que no da votos rápidos— se va erosionando: vías, sistemas de seguridad, personal, protocolos, inversiones invisibles.
Nada de eso genera aplausos. Todo eso evita tragedias.
Cuando el Estado se acostumbra a estirar recursos, a aplazar decisiones técnicas y a convertir la gestión en propaganda, el riesgo no se percibe… hasta que se materializa.
No hablamos solo de un tren. Es un modelo. Uno muy malo.
Es esa política que ha aprendido a discutirlo todo y a proteger poco. Donde la prioridad ya no es que las cosas funcionen, sino que el relato aguante. Porque, se gobierna más para resistir que para prevenir.
La tragedia de Córdoba obliga a una pregunta incómoda: ¿se está cuidando lo esencial o solo administrando titulares?
La seguridad no se improvisa. Hay que construirla con tiempo, rigor y humildad.
Y cuando un Estado entra en fatiga —cuando se cansa de gestionar lo básico y se concentra en sobrevivir políticamente— los fallos dejan de ser abstractos. Se vuelven reales. Y a veces, mortales.
Habrá investigaciones. Informes. Determinación de responsabilidades técnicas. Todo eso es necesario.
Pero existe una responsabilidad previa, más profunda y más política: haber dejado de poner lo importante por delante de lo urgente.
Las tragedias no nacen de un día. Se gestan durante años.
Y cuando el Estado se descuida, la factura no llega en forma de debate. Viene con silencios, sirenas y preguntas que ya no admiten consuelo.
A.M. BEAUMONT