El rapto de Europa

El presidente de EEUU, Donald Trump
Parece exagerado comparar al señor Trump con Zeus, aunque ya le gustaría. Me mola cómo pronuncia su onomatopéyico apellido, su ahora amiguita, la repugnante dictadora venezolana que se pavonea con su apoyo fáctico y escribe burofax de protesta contra ABC. El nombre siempre evoca mi niñez y la especie palmípeda de Disney, aunque la analogía se compadezca más con los modos y el carácter del tío Gilito que con Donald o sus sobrinitos.
Y no creo que, precisamente, este señor haya visitado jamás el museo Isabella Stewart Gardner de Boston, donde se encuentra la famosa versión de Tiziano del rapto de Europa. Ni que le suenen mucho las posteriores de Veronese, Rubens -que está en El Prado- y Rembrandt. Mucho menos las españolas de Goya o Picasso, ni la más reciente del colombiano Botero. Pero la cosa es que, vaca o buey, el tipo está dispuesto a llevarnos a su Creta particular, empezando por Groenlandia o por donde haga falta. Confío en que no lo tenga fácil.
Lo cierto es que se cumplen 40 años de la firma de adhesión de España al tratado de la Unión Europea, cuando la situación resulta crítica y se complica con deserciones de hecho de europeísmo por parte de determinadas políticas y también determinados políticos.
Se esmeró el Rey en su discurso de Navidad a los españoles en elegir el salón del Palacio de Oriente que sirvió de marco específico, y en el que entre los otros peligros que acechan (siempre a leer entre líneas y previo beneplácito de Moncloa) habló del inoportuno abandono del europeísmo.
Soy de esa generación que siempre tuvo en Europa un punto de ilusión y de consuelo. La que vivió simultáneamente las visitas de los barcos de marines norteamericanos que repartían chicles entre los españolitos y las primeras suecas que venían a veranear y tomar el sol en bikini en Benidorm. De la que se suscribía casi como en misión especial no exenta de riesgo a Elle o a Architecture d’ajourd’hui, con la posibilidad de que algún número se censurara en frontera si contenía un anuncio de sanitarios con señora duchándose. De la que tenía en Perpignan el último tango de Brando en París. Una generación europeísta tanto por necesidad -entonces- como por razón a la vista de los acontecimientos.
Dimitir hoy de europeísmo es hacerlo en el momento más inoportuno, aunque ciertamente es hacerlo además en el momento de mayor debilidad. Un disparate en mi modesta opinión.
Por el contrario, y sin complejos, la cesión operativa de aspectos específicos de la soberanía nacional en pro de una soberanía común y libremente compartida, es norma de comportamiento humano que busca seguridad y eficiencia administrativa mientras salvaguarda su identidad y rasgos propios. Así se entiende en ámbitos científicos, culturales e incluso comerciales. La cosa ha funcionado durante estos cuarenta últimos años aunque tal vez el aniversario necesite de algunas remodelaciones de cierto calado.
Voces mucho más autorizadas que la mía achacan a una pérdida generalizada de los principios “occidentales” y cierta debilidad de los políticos que los gestionan a nivel comunitario. Lo primero es desafortunadamente comprobable, empezando por el olvido de los valores cristianos. Lo segundo, por odiosas que resulten las comparaciones, no resiste apenas un par de instantáneas.
Difundir la idea de Europa como espacio común necesario entre la población valenciana -especialmente entre los jóvenes- y alejarla a la vez de posiciones xenófobas y de aquellas que alimentan nacionalismos insolidarios es tarea que corresponde a este 40 Aniversario. Hay una excelente exposición itinerante que inauguraron en el Castillo de Santa Bárbara de Alicante Carlos Mazón y Pablo Broseta antes del verano. A Pérez Llorca y Ruth Merino corresponde hoy continuar con una faena que personalmente considero imprescindible.