Sánchez mata la gallina de huevos de oro

Un tren AVE parado en la estación de Delicias de Zaragoza.
Oigo al inmarcesible Charli, técnico de infraestructuras, decir algo que me hiela: “No cojas el AVE.”
No es una consigna política.
Es una advertencia profesional. De alguien que sabe de lo que habla. “Llevamos años sin dinero para mantenimiento”, apunta mientras conversa.
Si los expertos que mantienen las vías dejan de confiar en ellas, el problema ya no es técnico. Es sistémico. Se necesita un cambio de calado.
España ha pasado en dos décadas de ser referencia mundial en alta velocidad a vivir con miedo en su propia red ferroviaria. Suspensiones. Retrasos.
Traqueteos. Descarrilamientos. Muertes.
No es una mala racha. Es una señal.
Durante años creímos que los trenes eran eternos. Que bastaba con inaugurar.
Que el mantenimiento podía esperar. Que lo importante era el titular, no la tuerca. Fanfarria.
Hemos vivido de una gallina de huevos de oro… y la hemos sacrificado por propaganda.
La política ha sustituido la gestión por el relato. La técnica por el amiguismo.
La prevención por el partidismo. Al final, eso es impostura sanchista.
Y así se vacía un sistema sin que se note. Hasta que se rompe.
No somos distintos a otros países. Somos iguales cuando dejamos que la política colonice lo que debe ser profesional.
Las vías no entienden de ideología. Los raíles no votan. La física no perdona. La estupidez tampoco.
El miedo no se instala por casualidad. Llega cuando la confianza se pierde.
Y hoy, por primera vez en décadas, hay españoles que miran un tren… y dudan.
Eso no es solo un fracaso técnico. Es un fracaso moral del poder.
A.M. BEAUMONT