Hijos de un dios menor

La Catedral de la Almudena, de Madrid
Hoy siento la necesidad de parar y hacer una reflexión, desde la humildad de un padre de familia que no es ejemplo de nada, pero que teme por el futuro de sus hijos.
Porque a veces, lo mejor para ver con claridad lo que hay lejos es dejar de prestar atención absoluta, por un momento, a lo que hay cerca, a aquello que nos asalta cada día; al cúmulo de situaciones grotescas que conforman nuestra realidad en España.
Y, teniendo esto en cuenta, creo que comenzaré diciendo que hay una idea incómoda que muchos prefieren esquivar, porque obliga a mirarse al espejo: cuando una sociedad pierde sus principios morales, el poder deja de tener freno. Y cuando el poder no tiene freno, se vuelve despótico. No es una teoría conspirativa ni una exageración retórica, es una constante histórica que ocurrió ayer, ocurre hoy y volverá a ocurrir mañana si seguimos por este camino.
España no está viviendo una simple crisis política. Está atravesando una crisis moral muy profunda que es mucho más peligrosa. Porque las crisis económicas se corrigen con reformas y las institucionales se corrigen con leyes, pero las morales solo se solucionan cuando la sociedad decide volver a creer en algo que está por encima del poder y del capricho humano.
Cuando ese “algo” desaparece, los gobernantes empiezan a comportarse como dioses menores que se consideran infalibles y moralmente superiores, además de legitimados para decidir qué es el bien y qué es el mal, según convenga al relato del día. Y, a partir de ese momento, todo vale.
Pero esto no es nuevo. Edmund Burke ya advertía que cuando se arranca la tradición moral de una nación, lo que queda no es libertad, sino tiranía disfrazada de progreso. Él entendió algo que hoy se intenta ignorar, que los valores heredados no son una carga, sino un ancla porque, sin ellos, el poder flota sin control.
España ha decidido cortar la cadena que sostiene el ancla.
Durante décadas se ha ridiculizado la herencia cristiana como si fuera un residuo vergonzante del pasado. Se nos ha dicho que los valores cristianos son “opresivos”, “retrógrados” o, directamente, irrelevantes; pero nadie ha explicado qué es lo que los sustituye. Siendo así que lo único que queda es la voluntad del más fuerte, o la del que más grita. O, directamente, la del que controla el BOE.
El resultado lo tenemos delante de las narices. Gobernantes que legislan sin límites morales, que manipulan el lenguaje, que dividen a la sociedad en bandos (supuestamente) irreconciliables y que se sienten con derecho a redefinir la verdad, la familia, la vida y la nación según sus intereses espurios coyunturales.
El Cardenal Robert Sarah, la voz más lúcida y menos complaciente del cristianismo contemporáneo, lo dijo sin rodeos: “Cuando Dios desaparece del horizonte, el hombre se erige en dios y el Estado se convierte en su profeta”. Esta no es una frase piadosa, ni un lamento nostálgico. Es una radiografía exacta de lo que sucede cuando la política deja de reconocer límites morales y empieza a actuar como si la naturaleza humana fuera un material moldeable al antojo del poder.
Esa frase resume, mejor que cualquier análisis académico, lo que hoy sufrimos en España, gobernantes convencidos de que su autoridad no debe rendir cuentas a nada ni a nadie, solo al relato que ellos mismos fabrican y difunden.
Alexis de Tocqueville lo explicó, con una precisión que asusta, al analizar las democracias modernas afirmando que, sin una base moral sólida, la democracia degenera en un “despotismo blando”. O, dicho de otra forma, que no hace falta violencia explícita cuando el Estado se convierte en tutor moral de ciudadanos infantilizados. Exactamente lo que estamos viviendo. No se prohíbe pensar, sino que se reeduca. No se encarcela al disidente, sino que se le señala, se le margina y, finalmente, se le cancela.
Al final, el gobernante se cree un arquitecto del alma colectiva. Y eso siempre termina mal.
Chesterton lo dijo sin rodeos: “Cuando los hombres dejan de creer en Dios, no es que no crean en nada; es que creen en cualquier cosa”. En nuestro caso, creen en el Estado, en el partido, en el líder de turno y, por supuesto, en el relato. Y lo más triste de todo es que la mayoría de la gente no quiere darse cuenta de que esa fe ciega es infinitamente más peligrosa que cualquier religión tradicional.
El cristianismo, con todos sus defectos (que los tiene, porque es algo humano), introdujo la idea revolucionaria de que el poder no es absoluto. Ningún gobernante está por encima de la ley moral, porque todos responden ante algo superior. Esa idea fue el germen de la democracia liberal que hoy dicen defender muchos de los que están dinamitando sus cimientos.
Juan Pablo II (cuánto se le echa de menos...) advirtió una y otra vez del peligro de una democracia sin valores, recordando que algo así siempre termina convirtiéndose en totalitarismo encubierto; hablando desde la experiencia histórica de los totalitarismos del siglo XX. Todos, sin excepción, comenzaron negando la existencia de una verdad moral objetiva. España, en este momento, parece empeñada en repetir el experimento.
El propio Sarah ha insistido en ello: “La crisis de nuestro tiempo no es primero política o económica, sino espiritual y moral”. Y tiene razón, porque cuando una civilización pierde el sentido del bien y del mal, todo lo demás es maquillaje.
España no se está desmoronando por falta de talento, ni por falta de recursos. Hay de sobra, de ambas cosas, por todas partes. Se desmorona porque ha decidido avergonzarse de los valores que la sostuvieron y la hicieron grande durante siglos y sustituirlos por una moral dictada desde el poder. Y eso no conduce a la libertad, sino al sometimiento.
Esto no va de imponer creencias religiosas, va de que la historia no perdona y de que las sociedades que renuncian a sus valores no se vuelven más libres ni más justas. Se vuelven más cínicas, más violentas y mucho más autoritarias. Y, en esas sociedades, alguien ocupa, siempre, pase lo que pase, el vacío moral. Y ese “alguien”, para sorpresa de nadie, nunca es el más virtuoso.
Para España, el reloj corre. O recuperamos los principios que nos enseñaron que el poder debe servir y no dominar, o no nos quedará más remedio que aceptar resignados que quienes mandan se sigan creyendo dioses. Y los dioses falsos, siempre, acaban exigiendo sacrificios humanos.
Las víctimas de esos sacrificios siempre son hijos de un dios menor.