El poder teme al espejo

La red social X, tan incómoda para el Gobierno y sus sociosEuropa Press

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Cada vez que, desde el Gobierno, se habla de “regular las redes sociales”, conviene escuchar no lo que se dice, sino lo que se está intentando evitar decir.

El discurso empieza siempre igual, con nuestros hijos, con la toxicidad y con la necesidad urgente de protegernos de un mundo digital supuestamente descontrolado. Se habla de responsabilidad institucional, de innovación con reglas, de límites razonables para garantizar “la convivencia”.

Suena prudente, suena adulto. Suena hasta necesario.

Pero la pregunta incómoda sigue ahí, flotando en el aire como una sospecha que nadie quiere formular en voz alta: ¿qué es exactamente lo que molesta tanto?

Porque si algo han hecho las redes sociales en España, no ha sido destruir la democracia. Lo que han hecho es justo lo contrario, alterar el equilibrio del poder informativo. Han roto el monopolio del relato y han convertido al ciudadano en emisor. Y eso, en términos políticos, es una devastadora revolución silenciosa.

Hoy cualquier persona puede compartir una investigación, recuperar una hemeroteca o señalar una contradicción; ya no basta con una comparecencia medida ni con un titular amable. La conversación ya no va de arriba abajo, es horizontal. Y eso incomoda a quien estaba acostumbrado a controlar el foco.

Gracias a esa conversación, millones de españoles han recibido y debatido informaciones que afectan directamente a Pedro y a su entorno político y familiar.

Gracias a las redes sociales, mucha gente sabe que su mujer, imputada por cinco delitos, era la contable de los lupanares de su padre; que pagó la carrera política de Pedro con los beneficios de esos mismos lupanares.

Gracias a las redes sociales, se sabe que su hermano fijó residencia en Portugal para pagar menos impuestos, mientras era enchufado en la Diputación de Badajoz.

Gracias a las redes sociales, se sabe que su partido está bajo sospecha por financiación irregular y que no ha sabido explicar de dónde sale la pasta de determinados ingresos en efectivo. Y que su partido ha registrado, como mínimo, 42 denuncias por acoso sexual en los últimos seis meses. Hermana, yo sí te creo...

También, gracias a las redes sociales, se ha repetido que su mano derecha está en la cárcel por corrupto, que su mano izquierda también ha estado en la cárcel por corrupto (y volverá a ella) y que su chofer está en la cárcel por ladrón.

Que las primarias, que le sirvieron para hacerse con las riendas del PSOE, fueron la definición misma del fraude electoral.

Que su tesis doctoral y sus libros no están escritos por él. Que su diputado Tito Berni se gastaba nuestro dinero en farlopa y meretrices.

Que no ha habido explicaciones plausibles sobre el apagón de hace, casi, un año, ni nadie ha asumido ningún tipo de responsabilidad sobre ese tema.

Que han mentido y ocultado información acerca de lo que ha sucedido en los accidentes ferroviarios que han matado a españoles y que no, que aquí tampoco nadie ha asumido ninguna responsabilidad. Todo lo contrario.

Que sus fontaneros han intentado comprar voluntades para conseguir silencio, cuando la justicia se acercaba demasiado

Y todo eso ha circulado libremente gracias a las redes sociales. Ahí está el núcleo del conflicto.

No se trata de reputación, sino de control. Porque, durante décadas, el poder político en España operó en un ecosistema relativamente cerrado de grandes medios, agendas compartidas y tiempos marcados. Hoy ese circuito está roto, desordenado, haciendo imposible que se pueda supervisar por completo.

Las redes no son un espacio limpio. Hay ruido, hay desinformación y hay exageraciones. Eso nadie lo niega. Pero también hay memoria. Y la memoria colectiva es un elemento profundamente incómodo para quien gobierna teniendo como única base el relato.

Cuando, durante años, se encadenan polémicas, investigaciones, decisiones controvertidas y una sensación creciente de deterioro institucional, el desgaste no lo produce un algoritmo, sino la percepción de impunidad y de falta de explicaciones suficientes.

Ocho años después de llegar al poder, la vivienda es un lujo para los jóvenes, la sanidad pública soporta una presión estructural y la inseguridad es el pan nuestro de cada día en barrios donde antes no lo era.

Y en ese contexto, Pedro pretende que el problema sean las redes sociales. Resulta, como mínimo, sospechoso.

Regular puede sonar técnico y puede parecer razonable. Pero, cuando quien impulsa esa regulación, es también quien está bajo escrutinio, la sospecha se convierte en una conclusión lógica.

La historia política nos demuestra algo muy simple, que el poder tiende a ampliar sus márgenes cuando se siente vulnerable. Lo hace en nombre del orden, de la estabilidad y de la protección.

Pero hay una diferencia fundamental entre combatir delitos concretos y moldear el debate político. Entre proteger menores y restringir el alcance de la crítica. Entre garantizar derechos y domesticar la conversación pública.

Intentan “higienizar” el espacio público desde arriba, porque lo que inquieta no es la toxicidad, es la fiscalización constante al poder. A Pedro le molesta que la hemeroteca ya no duerma, que el ciudadano ya no delegue su memoria en una cabecera concreta y que no sea él quien decide qué cae en el olvido y qué no.

No se trata de limpiar las redes, se trata de reducir el alcance del reproche, se trata de diluir el recuerdo, de volver a controlar el marco. Pero algo ha cambiado de manera irreversible.

Una generación entera ha crecido en un entorno en el que la información circula sin pedir permiso, en el que el relato oficial compite con versiones alternativas y en el que la crítica no depende de un director de informativos a sueldo.

Cuando el poder pierde el control del relato, pierde el control de su propio reflejo.

No es la tecnología lo que asusta a Pedro. Es el espejo.

El poder teme al espejo.