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El sainete de Rufián: el separatista catalán quiere liderar una izquierda española

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián

El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel RufiánEuropa Press

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Gabriel Rufián, el incombustible portavoz de ERC en el Congreso, protagoniza uno de los sainetes más grotescos de la política española. Este separatista catalán, que se erige en paladín de la independencia, ahora aspira a liderar una gran coalición de izquierdas a nivel estatal, mientras su propio partido le cierra las puertas y el ridículo se acumula en su biografía.

Empecemos por lo básico: Rufián es un independentista que a duras penas habla catalán. Las redes se han burlado repetidamente de su nivel, tildándolo de "necesitar un traductor" cuando intenta usarlo en el hemiciclo. Curiosamente, él fue uno de los impulsores del uso de pinganillos para las lenguas cooficiales en el Congreso, una medida que obligó a implantar para defender la diversidad lingüística. Sin embargo, Rufián rara vez recurre a ellos: prefiere el castellano, su lengua materna, revelando la hipocresía de un separatista que no practica lo que predica.

Otro capítulo del esperpento: en diciembre de 2015, prometió solemnemente dejar su escaño en 18 meses para "regresar a la República Catalana". "Ni un día más", juró, alineado con la hoja de ruta del 'procés'. Han pasado más de diez años, y ahí sigue, cobrando su sueldo en Madrid, sin república a la vista y convertido en un fijo de las instituciones que dice despreciar.

Ahora, el colmo: mientras aboga por la independencia de Cataluña, Rufián promueve una "candidatura conjunta" de izquierdas plurinacionales para frenar a PP y Vox. "Lo que viene no se para con siglas, se para con pueblos", proclama, soñando con unir soberanistas e independentistas con la izquierda estatal, sin renunciar a nada. Pero todos le han dado calabzas, hasta sus íntimos de Bildu le han mandado educadamente a paseo. Incluso su propio partido, ERC, le ha dado un portazo: la dirección insiste en presentarse con sus siglas propias, priorizando alianzas catalanas. Fuentes del partido advierten que, si Rufián persigue esta "aventura personalista", deberá dimitir y salir de ERC. El malestar es palpable: lo ven como un "pulso constante" de alguien que se cree insustituible, mientras Junqueras observa desde la sombra.

Al final, Rufián encarna la contradicción absoluta: separatista que quiere salvar España desde la izquierda. Un sainete que divide a los suyos y entretiene al resto.

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