‘Wokismo’ en caída libre

Wokismo
El ‘wokismo’ o la enésima amenaza cultural que nos ha asediado por más tiempo del que debió ser, parece que, felizmente, atraviesa sus horas más bajas. Y no es de extrañar. Sus extravagantes revolucionarias ideas se topan con la dura realidad de la calle.
Políticas de identidad y neofeminismo, el postizo lenguaje inclusivo, el revisionismo histórico, o el alarmismo ecológico han causado el efecto contrario al que buscaban en una sociedad ya harta de discursos teóricos sin solución, de medias verdades, mentiras completas y arengas de odio.
El fenómeno ‘woke’ despertó en EE.UU. a comienzos de la década pasada. Por fin la izquierda, apoyada en intelectuales progresistas de las ‘Ivy League’, las universidades Top de Norteamérica, encontraba algo a lo que agarrarse. Desde sus inicios generalizó el análisis de la ‘Teoría crítica de la raza’ y lo intentó extender con poco éxito a causas de otras minorías. Según sus postulados, vivimos en un sistema de opresiones que se solapan mediante el capitalismo, el patriarcado, el sexismo… un batiburrillo intelectual infumable que no entendía nadie que se tuviera un mínimo de amor propio.
La imposición del dogma
Lo que nos llegó como una imparable imposición de dogmas que no se podían cuestionar fue creando un ambiente irrespirable de censura intelectual, vandalización, e imposición de una tiranía de la mediocridad sobre la meritocracia. Con tal de ‘proteger’ a algunos presuntos colectivos minoritarios valía llevar las cosas al límite, aunque fuera un disparate.
La presión sobre grandes empresas, artistas, comunicadores e influenciadores se hizo insoportable. La inmensa mayoría de los grandes conglomerados de medios, redes sociales y empresas de entretenimiento, entre ellas Disney, Facebook o Netflix, abrazaron la nueva fe a niveles grotescos. Algún día me gustaría saber que les prometieron para semejante giro ideológico, hoy corregido en parte cuando han visto el fracaso del movimiento en las clases medias. Años oscuros aquellos para la cultura, especialmente en el cine y la televisión.
En la actualidad, encuestas como la de Ipsos ubica una simpatía con estos movimientos de solo el 15 %. Y lo más relevante, sus líderes son los peores valorados por el conjunto de la sociedad de cada país.
En España, también aterrizó lo ‘woke’ con fuerza, algunos años después que en Estados Unidos. Lo hizo de la mano de la extrema izquierda heredera del 15-M, huérfana de ideas. Rápidamente también se lo apropió un PSOE siempre desnortado, y en menor medida, fue visto con buenos ojos por el sector más socialdemócrata del PP (inocentes que no vieron la trampa).
El tinte totalitario que el movimiento traía intrínseco asomó muy pronto la patita: leyes rupturistas, cultura de la cancelación, dictadura de lo políticamente correcto, señalamientos públicos, disgregación social y marxismo cultural disfrazado de causas aparentemente nobles. Años difíciles para combatir desde la trinchera liberal.
En nuestro país, tradicionalmente plagado de gente buena, a más a más incluso demasiado buenista, el ‘wokismo’ tenía el campo abonado para haberse consolidado como una nueva religión. Gracias a Dios les faltó cordura, profundidad intelectual y calidad en las personas que se pusieron al frente del proceso. ¿Qué se puede esperar de Pablo Iglesias, Irene Montero, Yolanda Díaz, Ione Belarra o Íñigo Errejón? Intelectualmente muy poco, moralmente menos.
A Podemos se le fue la mano en todo. Con la Ley del ‘Solo sí es sí’, hasta las feministas de toda la vida, poco sospechosas de ser facha-fachitas, se desmarcaron desde el inicio de la corriente ‘Queer’. Con ello se laminaba a las mujeres de la esfera pública y social al apoyar un retroceso en los derechos basados en el evidente sexo biológico.
Ninguna ola en la historia del movimiento feminista tuvo tal nivel de desprecio por la mujer en general. Y nunca nadie les hizo tanto daño como el ‘wokismo’ actual. En su afán de deconstruir una nueva realidad, negando las más esenciales leyes de la biología y el sentido común básico, intentaron apropiarse de la causa de la mujer para pretender inutilizarla y usarla en su propio beneficio. La guerra de sexos.
Para estas ‘iluminades’, la mujer pasó a ser como un objeto que dominar. Alguien débil, en inferioridad declarada que había que sobreproteger (pensando en ganar votos, como si fueran un granero, por nada más). Las primeras que se revolvieron, claro está, fueron las propias mujeres que querían ser libres y no englobarse en un colectivismo tan heterogéneo como irreal. ¿De verdad pensaron que el plan de enfrentar a la mujer con el hombre les podía salir bien? ¡Acaso no sospecharon que toda mujer tiene padre, esposo, hermanos, primos, amigos… hijooooooos! Lo dicho, ‘iluminades’.
En unos pocos meses, se pasó de demandar la igualdad de los derechos sociales y laborales entre hombres y mujeres, a la rendición de esta honesta y necesaria batalla, pues ya no había sexos, cada uno podía ser lo que quisiera cuando le diera la gana. Las que supuestamente enarbolaban la bandera de la defensa de la mujer enfangaron el mismo concepto de entidad de mujer. Y aprobaron leyes que, por ignorancia de esos políticos, acabaron perjudicando a las mismas mujeres.
Ni para que hablar del capitalismo social que quisieron reinventar. A la postre… capitalismo de chalet en Galapagar, o de educación en colegio privado de los hijos de Pablo e Irene. El núcleo original de Podemos nació atacando con furia los privilegios de la casta política, pero rápidamente se acomodaron a la vida de esa casta, despreciando las preocupaciones reales de los trabajadores.
El hecho es que solo vinieron para enriquecerse. Hipocresía de clase, cero ejemplaridad: “haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.
El ‘wokismo’ ha fracasado por lo que fracasan todos los movimientos que vienen a imponer ruidosas revoluciones. Por la incoherencia de sus promotores. Enseguida sus élites se dan cuenta que cambiar las cosas es más complejo que enarbolar una bandera en un video de 20 segundos… mejor se acomodan al sillón y poco a poco se van olvidando de la gente, especialmente de los jóvenes, quienes a día de hoy tienen los mismos problemas de siempre, pero agravados.
Los jóvenes quieren soluciones a la adaptación de la tecnología a un mercado laboral global, o a la precarización del empleo. Quieren que les hablen de facilidades para acceder a la vivienda, o de las causas por las qué se está desestructurando la sociedad… pero no les hables de chorradas de géneros fluidos que, de verdad, no le importan a nadie.
En el punto clave de la partida, la batalla cultural se libró en las redes sociales, donde estos ‘lobbys’ del cambio de pensamiento no tenían todo el control. La contrarrevolución no surgió de las élites… sino de la gente, que fue imponiéndose con argumentos y evidenciando la simple realidad. En el momento en que la izquierda radical perdió el monopolio de las redes sociales, la mayoría dejó de tener miedo al señalamiento y a la política de la cancelación para defender la libertad.
¿Adivinan por qué un tipo como Pedro Sánchez quiere ahora prohibir el acceso a las Redes a los menores de 16 años? La pregunta se responde sola: si los jóvenes les compraran su mercancía el acceso a Internet sería gratis.
La caída de Podemos y SUMAR no era solo previsible sino inevitable. Estos salvapatrias de plazoleta y botellón son víctimas de su propia mediocridad e ineficiencia. Hace 10 años fueron la tercera fuerza del parlamento español con 71 escaños. Si hoy hubiera elecciones no llegarían ni a 15.
La mayoría de los jóvenes desengañados los tienen más que calados, y han virado su voto a posturas más liberales o de derechas, cansados de que la izquierda se ocupe solo de vacías guerras culturales, mientras descuidan el precio de la cesta de la compra y los problemas que huelen a calle. El ‘wokismo’ nunca fue un avance, sí más bien una herramienta de control social y moral, ejercida por una cínica élite que no cumple ni sus propios estándares. Hartazgo o estafa, o ambas cosas a la vez.
El fin de una década ominosa
A estas alturas es difícil esconder que la calidad de vida ha empeorado en esta década ominosa de ‘wokismo’, en la que nos quisieron convencer de que nuestra sociedad necesitaba un revolcón. Pensaron que nuestro país sería un mejor país porque cuatro señoras enfadadas enseñaran las tetas frente a una iglesia, o porque dos desubicadas atentaran contra un cuadro del Museo del Prado, o dividiendo entre hombres y mujeres, o moralizando nuestras costumbres con la profecía inconclusa del fin del mundo por el manoseado cambio climático. Hace falta ser muy idiota, o muy malo, para despreciar tanto la inteligencia en general de las personas y pensar que iba a colar.
El movimiento ‘woke’ ya fracasó, felizmente, porque sus impulsores le dieron demasiados giros de tuerca a sus argumentos, elevando lo que proponían al paroxismo, al ridículo. Por eso y porque llegaron para enriquecerse. La gente corriente se cansó de que la insultaran continuamente solo por discrepar en la visión de la vida, u opinar distinto sobre el tipo de sociedad en la que todos debemos convivir.
¿Qué nos siguen llamando misóginos, homofóbicos, racistas o fascistas? Es la prueba de que perdieron la batalla, no tienen nada más que ofrecer que el insulto gratuito y la confrontación.
Señores/as ‘wokistas’, déjennos vivir en paz y no nos tomen más el pelo. Bastante tenemos con soportar que os lo llevéis calentito en sueldos públicos y prebendas que son inalcanzables en el sector privado. ¡¡Ya está bien de intentar engañar a la ciudadanía!!