Vinicius, el racismo y las irracionales trincheras

Vinicius en el partido Benfica-Real Madrid mientras Prestianni se tapa la boca con la camiseta.
El fútbol se acabó en el momento en que Vinicius marcó y empezó todo lo demás. Un gesto. Una boca tapada. Un insulto que unos oyeron y otros niegan. Y, en cuestión de minutos, el partido dejó de jugarse en el césped para jugarse en las trincheras. No hizo falta esperar a saber qué había ocurrido. Cada cual eligió su versión.
Unos aseguran que no hay prueba y que, sin prueba, no hay nada. Otros dan por cierto el insulto sin necesidad de demostrarlo. Y hay quienes prefieren otra vía: culpar al propio Vinicius, convertir al provocador en culpable y dar por resuelto el dilema. Así funciona hoy todo. Ya no buscamos entender. Nos alineamos.
El problema no es solo el racismo, que lo hay y debe combatirse siempre. Con gran energía. El problema es algo más profundo: hemos perdido la capacidad de mirar los hechos sin convertirlos en banderas. Todo se vuelve inmediato, emocional, visceral, definitivo. Nadie duda. Nadie espera. Nadie escucha. Y si nadie escucha, la verdad deja de importar. Vence el ruido.
El fútbol, el partido en Lisboa, los equipos Benfica y Real Madrid, fueron lo de menos. Lo verdaderamente inquietante fue comprobar nuestra reacción. Es lamentable. Todo ya se convierte en trinchera. Y la verdad, incluso el sentido común, siempre pierde. A.M. BEAUMONT