editorial
Vox expulsa a Ortega Smith y certifica que el partido es Santiago Abascal
Se suma a una lista que incluye a Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Luis María Steegmann, Carla Toscano y Juan García Gallardo, entre otros

Santiago Abascal con Espinosa de los Monteros y Ortega Smith a sus espaldas.
La expulsión cautelar de Javier Ortega Smith del partido, decidida por el Comité Ejecutivo Nacional tras su negativa a ceder la portavocía en el Ayuntamiento de Madrid a Arantxa Cabello, marca un punto de inflexión definitivo. Uno de los fundadores de Vox, figura clave desde 2013 junto a Santiago Abascal, ha sido apartado por "desacatar" una orden interna. Este episodio no es aislado: es el último capítulo de una larga serie de salidas de pesos pesados que han marcado la trayectoria de la formación.
Ortega Smith se suma a una lista que incluye a Iván Espinosa de los Monteros, Rocío Monasterio, Luis María Steegmann, Carla Toscano y Juan García Gallardo, entre otros. Cada salida ha surgido por discrepancias con la línea marcada desde la cúpula, pero ninguna ha logrado erosionar la estructura principal.
El partido ha atravesado crisis internas graves en territorios clave: Murcia, Castilla y León y Cantabria, con rupturas visibles, y otros episodios similares. Sin embargo, la marca Vox no solo ha resistido, sino que ha mostrado una resistencia muy notable. Las encuestas nacionales apuntan a una fuerte subida en intención de voto, consolidada por resultados electorales muy positivos en regiones como Extremadura y Aragón, donde el partido ha disparado su representación.
Esta dinámica certifica una realidad incontestable: Vox es, ante todo, Santiago Abascal. Su liderazgo carismático, su capacidad para encarnar el mensaje sin fisuras y su control absoluto sobre la dirección han convertido al partido en un proyecto personalista que trasciende a cualquier cuadro o fundador. Las purgas y relevos no debilitan la estructura; al contrario, la refuerzan en torno a una única figura.
Esa característica, sin embargo, entraña un riesgo evidente. Cuando un partido se identifica tan plenamente con un líder, cualquier caída —política, personal o de imagen— puede arrastrar al conjunto. Basta recordar el caso de Podemos: la salida de Pablo Iglesias, envuelta en descrédito tras el episodio del chalet de Galapagar (que él mismo había criticado en otros), marcó un antes y un después. El partido se hundió en las urnas y aún hoy lucha por recuperar una fracción de su antiguo terreno.
Vox ha demostrado ser impermeable a las crisis internas hasta ahora, pero esa dependencia absoluta de Abascal lo hace vulnerable a largo plazo. Si el líder flaquea, el proyecto podría reducirse a la mínima expresión. Por el momento, la expulsión de Ortega Smith no es una debilidad: es una prueba más de que, en Vox, manda uno solo.