la mirilla
El 23-F, nuestro asesinato de Kennedy, a escena

Antonio Tejero
España ya no discute. Sospecha. Ahora, incluso, Pedro Sánchez va a desclasificar los papeles del 23F, nuestro particular asesinato de Kennedy, la gran sospecha colectiva, para atizar el alma conspirativa.
Las sospecha cada día es más generalizada. Unos sospechan del Gobierno.
Otros de la oposición.
Muchos de los jueces.
La mayoría de los periodistas.
Todo se interpreta. Nada se acepta.
Cualquier decisión ya no es una decisión. Es una maniobra. Los errores no es son errores. Son estrategias. Y las críticas son conspiraciones.
La sospecha nos ha invadido.
Durante años hemos normalizado el enfrentamiento permanente. La política dejó de ser debate y se convirtió en combate. Los rivales se hicieron enemigos. Y cuando el combate es continuo, la confianza muere.
Hoy nadie concede buena fe. Ninguno acepta que el otro pueda estar equivocado sin estar corrompido. Aquí ya no puede existir discrepancia sin maldad.
¿De verdad merece la pena este punto de desgaste?
Porque no es electoral. Es institucional. Y es muy peligroso.
Las democracias deben vivir con tensión. Son sistemas donde conviven formas diferentes de opinar que, luego, se miden en las urnas. Pero, no se puede vivir sin confianza mínima.
Y la sospecha ha sustituido al respeto. Y, lógicamente, el sistema se vacía.
Porque un país donde todos dudan de todos no avanza. Se bloquea. España no necesita más sospechas.
Necesita volver a discutir.
Pero para discutir hay que reconocer al adversario como legítimo. Y esa palabra —legítimo— ya está prohibida.
A.M. BEAUMONT