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Ucrania: de operación relámpago a conflicto enquistado

(Foto de ARCHIVO)
January 9, 2026, Kryvyi Rih, Ukraine: Firefighters extinguish smoldering hotspots amid debris of a multi-storey residential building partially destroyed as a result of a Russian missile attack in Kryvyi Rih, Ukraine, on January 9, 2026

Europa Press/Contacto/Mykola Miakshykov
09/1/2026

(Foto de ARCHIVO) January 9, 2026, Kryvyi Rih, Ukraine: Firefighters extinguish smoldering hotspots amid debris of a multi-storey residential building partially destroyed as a result of a Russian missile attack in Kryvyi Rih, Ukraine, on January 9, 2026 Europa Press/Contacto/Mykola Miakshykov 09/1/2026Mykola Miakshykov

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Van ya cuatro años desde que comenzó la invasión rusa de Ucrania. A estas alturas hemos asimilado bombas, drones y trincheras como parte del paisaje habitual de una actualidad a la vez estremecedora y monótona. Y da la impresión de que tendremos que acostumbrarnos a convivir con una guerra a las puertas de Europa porque todo indica que esto va para largo.

Decenas de miles de muertos, heridos, desaparecidos y  desplazados después, las cosas no han cambiado mucho. Las tropas rusas se han hecho fuertes en sus posiciones del sur y este del país, aunque sin acabar de controlar totalmente las provincias que proclamó anexionadas. La línea de frente se ha quedado estancada, congelada, a la espera de novedades en la mesa de negociación.

De la guerra relámpago al conflicto enquistado

Aquella “operación militar especial”, relámpago, heredera en su ambición de de la blitzkrieg alemana, se ha tornado finalmente en un conflicto cronificado sin visos de conclusión. 

Tampoco la promesa de Donald Trump de resolver la guerra “en 24 horas” ha alterado la lógica profunda del enfrentamiento. Las dinámicas estructurales pesan más que las declaraciones de los políticos a uno u otro lado del Atlántico.

Dinámicas que contraponen dos posiciones difícilmente conciliables. Ucrania no puede ceder su soberanía sin poner en cuestión su propia existencia como Estado. No hay aquí demasiados grises: aceptar “un poco” de amputación territorial implicaría asumir que la fuerza bruta puede redibujar fronteras en Europa en pleno siglo XXI. 

Se juegan el paquete completo: territorio, independencia política y, en general, su libertad como nación. Y, aun en caso de concesiones, ¿qué garantías reales existirían de que Rusia no volviera a intentarlo en el futuro?

El cálculo estratégico del Kremlin

Por su parte, el Kremlin tampoco puede permitirse una retirada clara sin asumir un coste interno y geopolítico enorme. Una cesión explícita haría difícil justificar el sacrificio de cientos de miles de soldados y debilitaría la imagen de Rusia como potencia regional decisiva. 

En el contexto de un orden internacional cada vez más “multipolar”, Moscú sabe que es imprescindible proyectar fortaleza en su entorno inmediato. Es lo que toca en este nuevo orden internacional en el que no puedes aspirar a ser potencia sin influencia indiscutida en tu región.

Trump ha tomado buena nota y se lanza a blindar el continente americano de fuerzas extranjeras, del mismo modo que las monarquías árabes se proyectan sobre el oeste de África o los chinos consolidan su hegemonía en el Asia-Pacífico. El conflicto en Ucrania responde a un cálculo mayor que la mera conquista territorial porque Putin no quiere quedarse atrás -como Europa- en esta carrera de influencia.

Rusia tiene el tiempo de su parte. La gigantesca federación es muy superior a Ucrania en casi cualquier magnitud y Putin confía en que, si la voluntad de resistencia ucraniana no se quiebra antes, lo haga su capacidad material de mantener el pulso. 

Así, las conversaciones de paz se convierten en un pasatiempo para una diplomacia rusa parsimoniosa y esquiva mientras Zelensky se esfuerza en contentar a un Trump urgido a tachar de su agenda un conflicto secundario en su estrategia global que desenfoca sus esfuerzos y requiere un aliento bélico constante en forma de cientos de miles de millones de dólares

La oportunidad perdida y la guerra de desgaste

Quizá se perdiera la oportunidad de concluir el asunto en los primeros compases de la invasión, cuando Rusia estuvo militarmente más débil, anárquica y desfasada. Se le acumulaban errores de inteligencia, falta de mando y control, logística deficiente, falta de personal y maquinaria bélica obsoleta en un cóctel idóneo para una respuesta decidida por parte de Occidente.

Sin embargo, ante el temor de una escalada incontrolada entre potencias nucleares, se optó por una excesiva prudencia avocando irremediablemente una invasión fallida en una dramática guerra de desgaste.

Se condenó entonces a ambos contendientes a adoptar la alternativa de supervivencia: una neutralización estratégica. El resultado ha sido que Rusia se ha acomodado en un conflicto largo que favorecerá a quien tenga más recursos humanos, una economía más grande y un pueblo más abnegado y que a Ucrania, incapaz de realizar grandes ofensivas, no le quede otra que convertir su país en un puercoespín, desgastando sistemáticamente las capacidades rusas hasta que el costo sea insostenible para el Kremlin.

La vertiginosa evolución y adaptación de los drones en el que campo de batalla ha potenciado esta paralización operativa. Jamás en la historia existió una línea de frente tan vigilada y con un coste por baja menor. Los grandes movimientos de tropas se han convertido en una misión suicida y la vida cotidiana de los combatientes en una existencia subterránea, donde la supervivencia depende de la habilidad táctica de asemejarse más a un topo que a un soldado.

Así, el conflicto se ha enquistado. Ni victoria rápida ni derrota inmediata. Una guerra que consume recursos, energías y vidas mientras reconfigura el equilibrio estratégico europeo. Es muy posible que dentro de un año la situación no difiera demasiado de la actual. Y dentro de dos o tres, tampoco.

Entre la prudencia occidental, la determinación ucraniana y la obstinación rusa, hemos terminado consolidando una guerra crónica en las fronteras de la OTAN y de la Unión Europea. El gran interrogante no es ya cómo empezó esta guerra, sino cómo podrá terminar sin dejar sembradas las semillas del siguiente conflicto.

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