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Elena Castillo

Elena Castillo

Senadora del PP

A ti, mujer

Varias mujeres trabajadoras

Varias mujeres trabajadorasAndrew Rivera / Unsplash

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A ti, mujer.

A ti que madrugas cada día para sacar adelante tu trabajo, tu familia o tu vocación. A ti que investigas, que emprendes, que estudias, que educas y que cuidas. A ti que, muchas veces sin titulares ni reconocimientos, sostienes silenciosamente una parte enorme de nuestra sociedad.

Hoy quiero hablarte sin consignas ni pancartas. Sin discursos prefabricados. Te hablo como mujer. Como científica. Como trabajadora. Y como concejal municipal que escucha cada día a otras mujeres desde la política más cercana, la que no vive de eslóganes sino de realidades.

El 8 de marzo debería ser, sobre todo, un día de coherencia. Porque la dignidad de la mujer no pertenece a ningún partido. No es una pancarta ni un eslogan. Es un compromiso moral.

Sin embargo, en los últimos años hemos asistido a algo inquietante: la apropiación del feminismo por parte de quienes lo han convertido en un instrumento político mientras guardan silencio ante realidades incómodas.

Y ese silencio empieza a ser ensordecedor.

Mientras desde el poder se reparten lecciones de feminismo a toda la sociedad, las noticias, las investigaciones periodísticas y las polémicas públicas han ido mostrando un paisaje muy distinto alrededor de determinados entornos de poder.

Un paisaje donde aparecen fiestas, privilegios, prostitución o ambientes en los que la dignidad de la mujer parece diluirse entre el dinero, la influencia y la impunidad.

Ahí están los hechos que han incomodado al poder en los últimos años: el caso Mediador —o caso Tito Berni—, cuya investigación judicial destapó un entramado de corrupción acompañado de fiestas, alcohol y prostitución alrededor de cargos públicos; las polémicas que han rodeado al entorno del exministro José Luis Ábalos, con nombres como Koldo García apareciendo en investigaciones que han proyectado la imagen de un poder rodeado de privilegios y sombras; o las denuncias gravísimas dentro de instituciones del Estado, como la presentada por una agente de la Policía Nacional contra quien fuera Director Adjunto Operativo del cuerpo.

Episodios distintos, sí.

Pero todos dejan la misma pregunta incómoda:

¿Quién protege a las mujeres cuando el poder es el señalado?

En esos momentos muchas mujeres esperaban escuchar con claridad a quienes dicen representar el feminismo institucional. Esperaban escuchar a Yolanda Díaz. Esperaban escuchar a Ione Belarra. Esperaban escuchar a tantas dirigentes que durante años han levantado la bandera del “hermana, yo sí te creo”.

Pero la sororidad, al parecer, también tiene silencios.

Silencios cuando la denuncia no encaja en el relato político.

Silencios cuando el acusado pertenece al entorno del poder.

Silencios cuando levantar la voz podría poner en riesgo un acuerdo de gobierno.

Y entonces surge otra pregunta inevitable:

¿El feminismo institucional defiende a las mujeres… o defiende a quienes gobiernan?

Porque cuando una mujer denuncia abusos dentro de una estructura jerárquica y recibe indiferencia institucional, el mensaje que se envía es devastador.

Cuando se habla de dignidad femenina desde un atril pero se evita condenar comportamientos que cosifican a la mujer, la credibilidad se resquebraja.

Cuando se aprueban leyes que se presentan como grandes conquistas feministas mientras se esquivan debates incómodos, muchas mujeres empiezan a sentir que su causa ha sido utilizada.

Y lo más doloroso es que esta sensación no solo existe fuera de la izquierda política.

También dentro.

Cada vez son más las mujeres socialistas que expresan en privado su incomodidad, su vergüenza o su desconcierto ante determinadas polémicas que han sacudido al partido en distintos territorios.

Porque el abuso de poder no entiende de ideologías.

Ni de siglas.

Ni de discursos.

El abuso aparece cuando alguien utiliza su posición para imponerse sobre quien depende de él. Cuando un superior se aprovecha de una subordinada. Cuando el poder se convierte en privilegio y el silencio en protección.

Y frente a eso no sirven las pancartas.

Sirve la coherencia.

Sirve la valentía de denunciar lo que está mal aunque el responsable sea de los tuyos.

Porque el feminismo nació para proteger a las mujeres frente al abuso del poder.

No para proteger al poder frente a las mujeres.

Desde la política municipal lo vemos cada día con absoluta claridad.

Vemos a mujeres que sacan adelante negocios.

A madres que sostienen familias enteras.

A investigadoras que trabajan años por un proyecto.

A jóvenes que empiezan su carrera con ilusión… y con miedo a encontrarse con estructuras injustas.

Ellas no necesitan discursos grandilocuentes.

Necesitan instituciones coherentes.

Necesitan dirigentes que no utilicen su dignidad como arma política.

Necesitan saber que, si algún día levantan la voz, no se les preguntará primero a quién

incomoda su denuncia.

A ti, mujer, no te debemos propaganda.

Te debemos respeto.

Te debemos ejemplo.

Te debemos verdad.

Porque el feminismo no pierde credibilidad por las críticas.

La pierde cuando el poder exige silencio para protegerse.

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