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Fallas, fotos y campaña: ¿y la ciencia, ministra?

La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, observa una falla durante su montaje.

La ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, observa una falla durante su montaje.Rober Solsona / Europa Press

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En política hay imágenes que lo dicen todo. Retratan prioridades, evidencian ausencias y explican cuándo alguien deja de ejercer un cargo para empezar a utilizarlo. Eso es lo que empieza a ocurrir con la ministra de Ciencia, Innovación y Universidades, Diana Morant, cuya agenda reciente refleja más la lógica de una candidata en campaña que la de una responsable ministerial. Mientras el sistema científico español acumula problemas sin resolver, la ministra ha optado por una presencia constante en actos festivos, con especial protagonismo en las Fallas, en una sucesión de apariciones que trasladan una sensación clara: la gestión ha pasado a un segundo plano.

No se trata de cuestionar tradiciones ni de negar el valor cultural de las fiestas. El problema no es estar, sino instalarse. No es acompañar institucionalmente, sino sustituir la responsabilidad por la exposición. Porque España no necesita una ministra en campaña permanente, sino una ministra en ejercicio. Y hoy esa diferencia resulta cada vez más evidente, especialmente para quienes dependen directamente de las decisiones de su departamento.

Mientras Morant recorre actos y escenarios festivos, la comunidad científica sigue esperando respuestas. El sexenio de transferencia continúa paralizado tras más de siete años de promesas incumplidas, generando incertidumbre y frustración en investigadores y universidades. Las homologaciones siguen siendo un obstáculo estructural que bloquea trayectorias profesionales y dificulta la atracción de talento internacional, especialmente para los expedientes más antiguos. A ello se suma una falta de previsibilidad normativa que impide planificar carreras científicas a medio y largo plazo, debilitando uno de los pilares fundamentales del sistema: la confianza.

Y cuando la confianza se erosiona, el sistema se resiente. Porque la política científica no se sostiene solo con discursos ni con anuncios, sino con instrumentos concretos, con estabilidad y con coherencia entre lo que se promete y lo que se ejecuta. Hoy esa coherencia está en entredicho.

Pero si hay un caso que ilustra con mayor claridad esta deriva es el del CNIO. Durante años, el Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas fue un referente internacional, una institución que simbolizaba el potencial científico de España. Hoy, sin embargo, atraviesa una crisis que ha puesto en cuestión su gobernanza, su estabilidad y su prestigio.

Las denuncias sobre presuntas irregularidades, con contratos amañados, servicios inexistentes y uso indebido de recursos públicos durante años, han sacado a la luz una realidad especialmente grave: la ausencia de controles eficaces y la degradación de los mecanismos de supervisión. El propio Patronato del centro ha tenido que intervenir de forma contundente, cesando a la dirección, reorganizando la estructura interna y trasladando los hechos a la Fiscalía.

Este tipo de intervención no es habitual. Es la evidencia de que la situación había alcanzado un nivel crítico. Pero las consecuencias no se limitan al plano institucional. Son también científicas y económicas. El CNIO ha visto caer sus ingresos en torno a un 22% en la última década, ha perdido financiación competitiva asociada a talento investigador —con pérdidas estimadas cercanas a los 12 millones de euros anuales— y arrastra un déficit estructural superior a los 4 millones. A ello se suma la fuga de talento, el deterioro del clima interno y la pérdida de competitividad internacional.

Cuando un centro de estas características entra en una dinámica de pérdida de prestigio, el impacto trasciende sus propios muros. Afecta a la capacidad del país para atraer investigadores, para participar en proyectos internacionales y para competir en un entorno cada vez más exigente.

No es solo un problema del CNIO. Es un problema de país. Y ante una situación así, lo que se espera de una ministra es liderazgo, dirección y presencia en la gestión. No en la foto. No en la agenda paralela. No en la construcción de una candidatura. Sin embargo, lo que se percibe es otra cosa: una desconexión entre la gravedad de los problemas y la prioridad que se les otorga.

Porque la política no se mide por la cantidad de actos a los que se asiste, sino por las decisiones que se toman y los problemas que se resuelven. Aquí está la clave: la diferencia entre ejercer un cargo y utilizarlo. Ejercerlo implica asumir responsabilidades, afrontar crisis y tomar decisiones, aunque sean incómodas. Implica estar donde hay que estar cuando hay problemas que resolver. Utilizarlo implica otra lógica: la de la visibilidad, la del posicionamiento, la de la construcción de un relato político propio.

Y cuando se cruza esa línea, cuando la gestión queda subordinada a la estrategia personal, se produce una distorsión que tiene consecuencias directas: se debilitan las instituciones, se retrasa la toma de decisiones y se erosiona la confianza. La ciencia no puede esperar a los tiempos de la campaña. La universidad no puede adaptarse al calendario electoral. Los investigadores no pueden ver condicionada su carrera profesional por la agenda política de quien debe garantizar estabilidad y certidumbre.

España necesita una política científica seria, coherente y previsible. Necesita instrumentos que funcionen, marcos estables y decisiones claras. Y, sobre todo, necesita que quien está al frente del Ministerio esté plenamente dedicada a ello. La ambición política es legítima. Forma parte de la vida pública. Pero el abandono de las responsabilidades no lo es. Porque el cargo público no es un trampolín. Es una obligación. No es un espacio de proyección personal. Es un compromiso con millones de ciudadanos.

Y cuando ese compromiso se diluye, cuando se sustituye por una agenda de exposición y posicionamiento, se rompe algo fundamental: la confianza. La confianza de los investigadores, que necesitan certezas. La confianza de las instituciones, que necesitan dirección. La confianza de los ciudadanos, que esperan resultados. 

Y conviene recordarlo: cuando se abandona la obligación, se pierde la razón. También la razón para seguir al frente de un ministerio que hoy, más que nunca, necesita una ministra plenamente dedicada a su función. Porque España no puede permitirse una ciencia en pausa. Ni una ministra ausente.

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