El Gobierno del apagón
Beatriz Corredor, Teresa Ribera y Sara Aagesen
Durante demasiado tiempo, el Gobierno ha querido vendernos que el gran apagón fue poco menos que una tormenta perfecta (le venían llamado “multifactorial”). Una desgracia técnica. Una cadena de fallos ajenos. Un episodio extraordinario que nadie podía prever. Pero cuanto más se conoce, más cuesta creer esa coartada.
El apagón fue el resultado de una política energética en la que la ideología fue por delante de la seguridad de suministro. Y cuando se juega así con un sistema eléctrico, al final llega el apagón. Y después del apagón, “el facturón”. El facturón del apagón lo pagarán los españoles. Por lo pronto ya nos está costando 1.100 millones de euros a repartir democráticamente entre todos los consumidores que encienden la luz en casa.
La Comisión de Investigación formada en el Senado ha dejado una idea muy clara. No estamos ante un simple error técnico. Estamos ante una cadena de irresponsabilidades políticas. Ni la ministra de Transición Ecológica, ni la presidente de Red Eléctrica Española han dado explicaiones convincentes.
La propia comparecencia de esta semana de Beatriz Corredor nació para aclarar “posibles contradicciones” entre su versión, la de otros comparecientes y los informes técnicos. Es decir, la duda sobre su credibilidad ya estaba en el orden del día oficial antes de que empezara a hablar. Y, sin embargo, lejos de despejarla, la agrandó.
La cuestión de fondo es muy sencilla y cualquier ciudadano la entiende. Si usted sabe que los frenos de un coche van justos, no puede lanzarse cuesta abajo en una carretera llena de baches y curvas diciendo que ya verá qué pasa. Pues eso es exactamente lo que se ha hecho con el sistema eléctrico español.
Durante años se ha acelerado la entrada masiva de renovables sin preparar a tiempo la regulación, los respaldos y herramientas necesarios para que el sistema soportara esa nueva realidad con seguridad. No es un problema de las renovables. Es un problema de hacer política energética como quien escribe propaganda.
Los audios conocidos estos días son devastadores porque rompen el relato oficial de la sorpresa. El 16 de abril, doce días antes del apagón, ya se hablaba de “picos de tensión” y desde Red Eléctrica se contestaba que era porque “apenas había nuclear en el sistema” y que “no era algo puntual”.
El 26 de abril -dos días antes del cero eléctrico- se reconocía que había “un montón de oscilaciones” y que era “por problemas de la fotovoltaica”. Y el mismo 28 de abril, antes del colapso, desde REE se admitía: “es un tema nuestro”, “sí, es la solar que entra por ajustes” y la frase más inquietante de todas: “No solo el día; veremos a ver este verano”. Eso no describe una sorpresa. Describe un problema conocido. Describe señales previas. Describe a responsables que sabían que el sistema iba tenso y no actuaron con la contundencia debida, quizás porque no les dejaron.
Aquí aparece la gran responsabilidad del Gobierno. Porque siete años dan para muchas ruedas de prensa, muchos planes, muchos eslóganes y muchas lecciones morales sobre transición ecológica. Pero parece que no han dado para hacer lo esencial: preparar de verdad el sistema para la entrada masiva de renovables.
Siete años y llegamos al apagón con procedimientos viejos, con herramientas insuficientes y con un sistema que, según se ha explicado en sede parlamentaria, necesitaba operar con más precisión, más respaldo y más prudencia.
El contraste más demoledor está en la programación de Red Eléctrica del 28 de abril y en lo que pasó después. Ese día el sistema se operó con un número limitado de grupos convencionales capaces de ayudar a sujetar la tensión. Traducido al castellano llano: el sistema era ese día un trapecista salió al alambre sin red de seguridad suficiente. Y, sin embargo, tras el apagón, el propio sistema empezó a funcionar de otra manera. REE modificó sus programaciones y el número medio de ciclos combinados acoplados entre las diez de la mañana y las seis de la tarde se duplicó, de 10 a 20, un aumento por lo que se denominan “restricciones técnicas”, o sea para garantizar la seguridad del sistema.
El propio análisis de las operadoras de red europeas -ENTSO-E- concluye que, de haberse acoplado más capacidad convencional el 28 de abril, el apagón podría haberse evitado.
Dicho de otro modo: si después del siniestro haces justamente lo contrario de lo que hiciste antes, estás confesando que antes operaste mal. Y por eso el llamado “modo reforzado” deja en muy mal lugar a Beatriz Corredor, y sus explicaciones.
La señora Corredor, es el primer muro de contención, un parapeto institucional, una barrera para que toda la exigencia de responsabilidades se estrelle contra su despacho. Pero la realidad va mucho más arriba. Corredor es el dique. Detrás está el Consejo de Ministros. Detrás está una política energética diseñada con una temeridad impropia de quien dirige una infraestructura crítica. Detrás está el Gobierno del apagón.
El informe europeo de ENTSO-E también apunta en la misma dirección cuando sitúa el fenómeno clave en la falta de eficacia del control de tensión y señala que mayores márgenes de potencia reactiva podrían haber evitado el colapso. Traducido: si el sistema hubiera tenido más capacidad para absorber y estabilizar esas sacudidas, la caída no tenía por qué haberse producido. Es decir, no falló solo una pieza. Falló el margen. Falló el diseño operativo. Falló la prudencia.
Que la señora. …. Corredor debería haber sido “dimitida” de sus responsabilidades hace tiempo, es un hecho que ya nadie duda. Más después de esta última semana.
Pero reducir las responsabilidad a la presidenta que Pedro Sánchez puso al frente de Redeia, sería demasiado cómodo. Sería convertir a la presidenta de REE en la pantalla final de un videojuego político, cuando el problema real está en quien marcó el camino. La ahora pronuclear comisaria europea, Teresa Ribera y la ministra Aagesen deben asumir el fracaso como propio.
La ministras de la transición ecológica que pusieron la ideología por encima de la seguridad de suministro y que siempre han pretendido que los españoles acepten el apagón como si hubiera sido un capricho del destino.
No. El destino no programa el sistema. El destino no ignora las señales. El destino no tarda siete años en preparar la red. Eso lo hacen los gobiernos. Y este ya tiene nombre: el Gobierno del apagón.