El sanchismo que nos hace pasotas

La sociedad no espera explicaciones ni exige responsabilidades
La política española cada día es más inquietante. Todo, con demasiada facilidad, se convierte en normal.
Lo que hace no tanto tiempo habría provocado una crisis, hoy apenas dura un par de días en el debate público. Se comenta, se discute… y se olvida. Y así, poco a poco, el listón baja.
Un Gobierno sin Presupuestos deja de ser una anomalía constitucional para convertirse en rutina. Las tensiones internas de los partidos ya no sorprenden: se asumen. Las cesiones políticas, a independentistas, a terroristas, por discutibles e inmorales sean, se integran en el paisaje. La corrupción parece parte de nuestros barrios. Todo pasa. Y, además, lo dejamos pasar.
La política ha aprendido a sobrevivir a cualquier cosa. A resistirlo todo. A diluir el impacto de cada episodio hasta que se convierte en irrelevante.
Pero el problema no es solo de los partidos. También es del clima. De una sociedad que empieza a acostumbrarse. Que ya no espera explicaciones. Ni exige responsabilidades. Al final, por desesperación se da por hecho que las cosas funcionan así. Y ahí está el riesgo.
Porque cuando lo inaceptable se vuelve cotidiano, deja de percibirse como problema. Y cuando tal cosa ocurre, la democracia pierde una de sus defensas más básicas: la exigencia.
No hace falta que todo estalle para que algo se deteriore. Basta con que, día a día, dejemos de sorprendernos. Y en España, últimamente, cada vez callamos más y pasamos de casi todo.
A.M. BEAUMONT