Andalucía, de la resignación al cambio productivo: innovación, industria y nueva economía

El presidente de la Junta de Andalucía, Juanma Moreno, en la fábrica de Santana Factory de JaénFrancisco J. Olmo

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Durante demasiado tiempo, Andalucía vivió instalada en una contradicción agotadora. Era una tierra con talento, con históricas universidades, con recursos naturales, con una localización geográfica privilegiada, con capacidad empresarial y con una energía social inmensa. Sin embargo, durante años dio la impresión de que los andaluces no éramos capaces de convertir todo ese potencial en una economía verdaderamente dinámica, innovadora y competitiva. Nos podía la resignación. Andalucía seguía siendo, en demasiados aspectos, una comunidad resignada a crecer por debajo de sus posibilidades, a convivir con tasas de paro impropias, a depender en exceso de sectores de menor valor añadido y a mirar desde lejos las grandes transformaciones industriales y tecnológicas que protagonizaban otras partes de España y Europa.

Pero es que si nos atenemos a la frialdad de las cifras, ese era el paisaje económico de 2018. Con un PIB per cápita de 19.132 euros, y que representaba apenas el 74% de la media española. Una insoportable tasa de paro del 23%. Con una permanente debilidad en el esfuerzo innovador del sector privado. Y unas cifras de inversión extranjera productiva ramplona y apenas 506,1 millones. El diagnóstico no podía ser otro: Andalucía era una economía parada. Una economía demasiado frágil, dependiente de inercias antiguas y poco confiada de sus propias posibilidades.

Y conviene recordar bien aquella fotografía, porque solo así se entiende lo que ha ocurrido en estos últimos ocho años. Hoy Andalucía protagoniza una transformación que la ha sacado de la perenne resignación. En 2024 el PIB andaluz alcanzó un máximo histórico, 53.800 millones más que el de 2018. El PIB por habitante subió hasta 24.566 euros. Estamos viviedo un aumento muy notable de las exportaciones que han crecido hasta los 40.000 millones. Y un gasto en I+D que en este ese se ha situado en el 1,14% del PIB. Unas cifras que retratan una economía en movimiento, que gana tamaño, que amplía su apertura exterior y que consolidan una evidente modernización productiva.

Ocho años de gobierno de Juanma Moreno en la Junta han provocado que Andalucía haya pasado de divagar permanentemente sobre nuestras carencias a empezar a disputar proyectos, inversiones y sectores que antes parecían reservados a otros territorios. Un auténtico cambio estructural, que se refleja en cifras como las de inversión extranjera productiva recibida, que hoy es un 64% más que la de 2018. Y eso no ocurre por casualidad. Ocurre cuando una comunidad transmite mayor estabilidad, más previsibilidad y un horizonte económico con mayor certidumbre y seriedad.

Y ahí está una de las claves del cambio: Andalucía ha empezado a ser percibida como un territorio institucionalmente más estable, fiscalmente más competitivo y administrativamente más consciente de que la inversión no llega donde encuentra ruido, arbitrariedad o asfixia burocrática. Las rebajas fiscales, la apuesta por la simplificación administrativa, la seguridad jurídica y la estabilidad política han formado parte de una estrategia reconocible: hacer de Andalucía una comunidad más amable para invertir, emprender y producir, y con ello, generar empleo.

Andalucía sigue teniendo asignaturas pendientes. El PIB per cápita continúa por debajo de la media nacional. Y el gran reto es el de completar una convergencia plena con España y con Europa. Un reto mayúsculo que en este momento nos exige más prudencia que frivolidad. Porque cuando una tierra aún no ha completado su transformación, pero por fin ha comenzado a recorrerla, lo más sensato no es interrumpir el trayecto, sino mirar y caminar con firmeza hacia la meta.

Juanma Moreno ha conseguido lo más difícil: crear un clima de confianza duradero. Que Andalucía deje de ser vista como un territorio donde las cosas siempre llegan tarde y empiece a ser considerada un lugar razonable para instalar una industria, impulsar un centro tecnológico, arriesgar capital o desarrollar una cadena de valor con vocación de futuro. Eso requería determinación. Requiere coherencia. Requiere estabilidad política. Y requiere una administración que no convierta cada proyecto en una carrera de obstáculos. Como desgraciadamente pasó en Andalucía tantas veces. Una comunidad próspera requiere una fiscalidad que no castigue al que invierte o al que emprende. Y requiere, sobre todo, una idea clara de hacia dónde se quiere ir.

Y eso es lo que, a mi juicio, ha empezado a construirse en Andalucía en estos últimos años. Porque sin haber resuelto todos nuestros problemas históricos, hoy Andalucía es una economía menos resignada, más competitiva, más abierta, más consciente del valor de la industria, de la innovación y de la nueva economía. Una Andalucía que ha pasado de 167.528 millones de PIB a 221.372; de 19.132 euros por habitante a 24.566; de 32.439 millones de exportaciones a más de 40.000; de 1.422 millones en I+D a 2.286; y de una inversión extranjera de 506 millones a 837. Un cambio de paradigma que no es ningún eslógan ni consigna, sino que empieza a ser una realidad medible y palpable.

Y por eso la pregunta de fondo es tan importante: ¿merece la pena poner en riesgo esa trayectoria justo cuando empieza a consolidarse una economía más moderna, más fiable y con mayor capacidad de atraer inversión y generar riqueza y empleo? A veces el error político más grave no consiste en no empezar una transformación, sino en detenerla justo cuando empezaba a notarse. Y la de Andalucía es una transformación que merece la pena sea completada. Porque hoy Andalucia tiene un Gobierno que ha conseguido que los andaluces, sabios por naturaleza, sean los dueños de su presente y que vayan a seguir siendo los protagonistas de su futuro.