la mirilla
Sánchez en el país anestesiado de las maravillas

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez
Aquí no pasa nada. La Moncloa lo ha decretado. Ese es el nuevo relato.
España instalada en una extraña normalidad donde todo sigue… aunque casi nada funcione del todo. Da igual. La gente, la mayoría silenciosa, mira hacia otro lado y llena las terrazas en cuanto sale el sol.
El poder no quiere grandes estallidos. Tampoco decisiones de fondo. Por supuesto, cambios reales ni se atisban. Lo que hay es algo peor.
Nos vamos acostumbrando. A la política sin explicaciones. A los problemas sin solución. A las promesas que caducan antes de cumplirse. A los brindis al sol para llenar portadas y telediarios.
Todo pasa. Nada permanece. Y lo más importante dura lo justo para desaparecer.
El ruido tapa el fondo.
La urgencia sustituye a la gestión. Y la realidad, poco a poco, se va quedando atrás. ¿Alguien recuerda el apagón? ¿Los muertos en los trenes? Los indultos o la amnistía son prehistoria.
Claro que sí, mientras todo parece tranquilo, la vida sigue apretando. La cesta de la compra no entiende de relatos. La vivienda no espera discursos. Los impuestos no se diluyen en titulares. Pero tampoco hay reacción. Y ahí está lo inquietante. No en lo que ocurre. Sino en lo que ya no provoca nada. Nos van anestesiando.
Antes, determinadas cosas habrían generado un debate serio. Hoy apenas ocupan unas horas de conversación, incluso, indignada. Ya la política no responde, le basta con resistir. ¿Gobernar? Actos y más actos es la gestión gubernamental. Con eso es suficiente para aguantar.
El país está en pausa. Aquí basta con que nada explote para dar por bueno el momento. Tampoco preocupa demasiado que los países no se rompan de golpe. Que se desgastan en silencio. Porque se acostumbran a menos. Se conforman. Y dejan de exigir.
Pero, un día, descubren que han ido demasiado lejos… sin darse cuenta. Y entonces ya es tarde. ¡Qué peligroso es el silencio!
A.M. BEAUMONT