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María Jesús Montero y su frágil memoria en el Senado: Aldama le pone en un brete

Esta forma de actuar no es un defecto técnico ni una simple torpeza. Es un patrón. Montero no solo elude responsabilidades; niega la existencia misma de los hechos cuando estos la incomodan

La exvicepresidenta del Gobierno y candidata del PSOE en Andalucía, María Jesús Montero, en el Senado

La exvicepresidenta del Gobierno y candidata del PSOE en Andalucía, María Jesús Montero, en el SenadoEuropa Press

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María Jesús Montero compareció ayer en la Comisión de Investigación del Senado sobre las irregularidades en la Sepi y volvió a exhibir su especialidad: la negación sistemática y la memoria selectiva. Ante la pregunta directa de la portavoz de Vox, Paloma Gómez, sobre una carta de Víctor de Aldama en la que ofrecía intermediar en la venta de seis edificios de la sociedad estatal por 250 millones de euros —incluida la sede central del complejo Campos Velázquez—, la ex ministra de Hacienda respondió con displicencia: “Yo no tengo esa carta y me extraña muchísimo la existencia de ninguna carta en ese sentido”.

La documentación desmiente rotundamente su versión. Existe la carta. Existe la oferta preliminar no vinculante de abril de 2019 suscrita por el fondo Platinum Real Estate de Hong Kong por 201 millones (sin IVA). Existe el registro de entrada en la Sepi. Y existe, sobre todo, la respuesta de Antonio Cervera —presidente de Sepides y hombre de máxima confianza de Montero, a quien había traído desde su etapa andaluza— confirmando que analizaban la operación. Todo ello ocurrió a finales de 2018 y principios de 2019, a instancias de Koldo García, con pleno conocimiento del entonces presidente de la Sepi, Vicente Fernández, también colocado por ella.

No fue un olvido puntual. Fue una negación consciente de una operación inmobiliaria de enorme calado que se gestó bajo su mandato ministerial y que involucraba a sus directivos más cercanos. La misma técnica que ya ha empleado en otras comparecencias: desmarcarse, minimizar y, cuando la evidencia aprieta, echar mano de excusas tan burdas como atribuir el mantenimiento de Fernández en el cargo a “la pandemia”, cuando su dimisión por el caso Aznalcóllar se produjo en octubre de 2019, seis meses antes del estado de alarma.

Esta forma de actuar no es un defecto técnico ni una simple torpeza. Es un patrón. Montero no solo elude responsabilidades; niega la existencia misma de los hechos cuando estos la incomodan. En el Senado volvió a demostrar que su memoria es frágil precisamente cuando más le conviene: ante las comisiones de investigación, ante los indicios de opacidad en rescates como el de Plus Ultra o ante cualquier operación que huela a amiguismo o a gestión irregular del patrimonio público.

Y ese es precisamente el problema de fondo. Quienes aspiran a liderar el PSOE y, eventualmente, a optar a la Presidencia del Gobierno no pueden permitirse una trayectoria marcada por la opacidad y las contradicciones documentadas. Montero no es una víctima de la “derecha” ni de las comisiones parlamentarias. Es una dirigente que, cuando se le exige rendir cuentas, opta por la negación antes que por la explicación.

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