la mirilla
Maquinas de juego a 100 metros de colegios

Tragaperras
Hay escenas que dicen más que cualquier discurso. Personas entrando en salas de juego a plena luz del día.
Con prisa. Casi con disimulo. Como si nadie mirara… aunque todos miramos.
Y uno piensa. A mí me daría vergüenza. No por superioridad. Por educación.
Crecí con la idea —quizá discutible, quizá exagerada— de que el juego es peligroso. Adictivo. Destructivo. Que hay que mantenerlo a distancia.
Seguramente, ideología de otro tiempo. Más rígida. Más autoritaria. Ciertamente, el franquismo decidió por todos lo que era bueno y lo que no. Y también en esto.
No voy reivindicar ciertos modelos. Pero tambien soy consciente de que algunas cosas prohibidas entonces no eran inocuas.
Hoy hemos pasado al extremo contrario. El juego está en cada esquina. Las apuestas, en los móviles. La tentación, la vemos en muchos anuncios.
Y las consecuencias… también. Personas arruinadas. Familias rotas. Jóvenes atrapados antes siquiera de empezar.
Lo sabemos. Lo saben en la izquierda. Lo saben en la derecha. Son conscientes quienes legislan… pero miran hacia otro lado. ¿Quién quiere poner el cascabel al gato?
Porque regular incomoda. Limitar resta ingresos. Mejor, siempre, una excusa que una decisión. Y así seguimos.
Tenemos una sociedad que presume de libertad… mientras deja solos a quienes caen. Sin ruido. Ni debates. Tampoco urgencia. Como si no fuera con nosotros. Aunque sí va, vaya si va.
Porque el problema del juego no empieza en las máquinas. Comienza cuando nadie quiere tomar la decisión de apagar la luz.
A.M. BEAUMONT