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La fiscal general venga a García Ortiz con purgas y ascensos: la España bananera de Sánchez

La fiscal general del Estado, Teresa Peramato, junto a Álvaro García Ortiz

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Apenas unas semanas después de prometer “sanar las heridas” de la Fiscalía, Teresa Peramato ha demostrado que su verdadero encargo es otro: saldar cuentas en nombre de Álvaro García Ortiz. El 30 de abril, tras el Consejo Fiscal, la nueva fiscal general del Estado ha consumado una purga y un reparto de prebendas que deja al descubierto el verdadero rostro del sanchismo en las instituciones.

Ha fulminado a Almudena Lastra, fiscal superior de Madrid, la única que tuvo el coraje de contradecir en el Supremo la filtración ilegal de los correos del novio de Isabel Díaz Ayuso. Lastra, con 35 años de carrera, vocal del CGPJ y testigo clave en la condena de García Ortiz, no ha sido renovada pese al apoyo mayoritario del Consejo. En su lugar se propone a una fiscal afín al “equipo Fortuny”.

Al mismo tiempo, asciende a Pilar Rodríguez, la fiscal de Madrid que precisamente facilitó aquellos correos a García Ortiz, colocándola en la Sección Social del Tribunal Supremo sin experiencia previa en esa jurisdicción. Y no se detiene ahí: premia a la esposa del propio García Ortiz con el puesto de teniente fiscal de Galicia, pese a ocupar un escalafón penúltimo entre los candidatos. El mensaje es cristalino: la lealtad al jefe se paga; la independencia se castiga.

Esto no es una “rotación normal”. Es un ajuste de cuentas en toda regla. Peramato no ha venido a despolitizar la Fiscalía, sino a convertirla en el brazo ejecutor de la venganza del anterior fiscal general y, por extensión, del propio Pedro Sánchez. La institución que debería velar por la legalidad se ha transformado en una agencia de colocación de fieles y en un instrumento de escarmiento contra los díscolos.

España se está acostumbrando a ver cómo sus instituciones clave —Fiscalía, CNI, RTVE, Consejo de Estado— se rinden al capricho del poder. Meritocracia, escalafón, imparcialidad: todo supeditado a la fidelidad al sanchismo. Es la lógica de las repúblicas bananeras, donde la justicia no es igual para todos, sino solo para los amigos del régimen.