Sidosa: más que un petardazo previsible

Jordi Évole y Eduardo Casanova durante el estreno de 'Sidosa'
Vamos a ver si hablamos claro: El documental de Eduardo Casanova – difícil entender por qué se puso ese apellido artístico cuando el suyo auténtico es Reina – no ha tenido "una discreta aceptación del público" ni el problema es que su cine sea provocador e incómodo". Los eufemismos con los que algunos han calificado la acogida que está teniendo Sidosa no cambian la realidad, que no es otra que la de que este chico debería empezar a pensar en buscarse otro trabajo.
Repasemos su currículum: Pieles (2017) recaudó en taquilla 82.000 euros (70.000 más de lo que recibió en subvenciones) y tuvo 14.000 espectadores que se redujeron a 2.440 en el caso de La Piedad (2022) que recaudó unos escasos 18.000 euros frente a los 317.000 que puso el ministerio de cultura a cargo de nuestros impuestos. Sidosa (2026), por su parte, lleva contabilizados– con redondeo hacia arriba– la asombrosa, por mínima, cantidad de 3.000 euros-, aunque en este último caso, la factura ha corrido a cargo de Jordi Évole y de Atresmedia que a estas alturas deben de estar preguntándose en qué vaído tuvieron semejante idea, y por qué no se dieron cuenta de que ya de entrada, el título de Sidosa, además de crear rechazo, molesta profundamente a quienes padecen o han perdido a alguien cercano por culpa del VIH.
Lo peor es que el petardazo rotundo, estrepitoso, legendario y, casi casi vergonzoso de Casanova no esta tanto en la taquilla como en el efecto conseguido. Porque si su pretensión hubiera sido contar su vida, sin más, pues allá cada cual con las consecuencias, pero si su objetivo, tal y como ha manifestado, era" resignificar un término históricamente estigmatizado y abordar el peso del estigma social, buscando provocar reflexión y conversación” – o lo que es lo mismo, hacer un ejercicio de movilización social–, lo único que ha logrado es ofender y estigmatizar aún más a quienes tienen que aguantar ahora el calificativo de “sidosas”. Eso sólo con el título. Ahí es donde el fracaso pasa a otra categoría: la de la ofensa gratuita por creerse el ombligo del mundo. Y eso sí que es penoso. Con o sin subvenciones.