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Nuevas Generaciones del PP da la nota positiva de la política

Congreso de Nuevas Generaciones del Partido Popular.

Congreso de Nuevas Generaciones del Partido Popular.Nuevas Generaciones del Partido Popular

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En la política española actual todavía aparecen noticias refrescantes. Que tres personas —veremos si no son cuatro— quieran competir por dirigir una organización juvenil es una de ellas. Buen mensaje de una formación viva. Nuevas Generaciones del PP celebrará el 11 de julio el Congreso más abierto de su historia. De momento, tres candidatos. Perfiles distintos. Formas diferentes de entender incluso el propio partido.

Ignacio Dancausa, el joven combativo surgido alrededor del universo Ayuso. Antonio Landáburu, murciano, más próximo a la continuidad orgánica y territorial. Y Candela Anglés, la excelente diputada valenciana que irrumpe desde fuera del aparato clásico. ¿Falta un andaluz? Entonces sí estaría completo el círculo del morbo.

Hace años que las juventudes de los grandes partidos dejaron de fabricar noticias políticas. Una pena. Pasaron a convertirse en otra cosa. Lugares de paso. Sitios de asesores. Escuelas de aparato. Fábricas de acreditaciones y silencios. Granjas de personajes de intendencia. Sus “mayores” han tenido bastante culpa, pese a haber sido muchos de ellos destacados miembros de NN.GG.

Por eso llama la atención lo que ocurre ahora. Porque mientras la política adulta vive atrapada entre hiperliderazgos, obediencias ciegas y listas cada vez más cerradas, aparece de repente una competición real donde nadie la esperaba. Después del fiasco Casado, pocos desean naturalmente nuevos vértigos en el PP.

Y esto, la competencia sana, aunque parezca mentira, resulta muy ilusionante. Porque, por paradójico que sea, en una España donde discrepar dentro de un partido empieza a considerarse casi una deslealtad, tres jóvenes del PP deciden dar un paso adelante para competir entre sí. Sin dedazos aparentes. Sin candidato único bendecido desde el primer minuto.

Algo normal en cualquier democracia que vibra. Y, sin embargo, hoy parece excepcional. Quizá porque la política española lleva demasiado tiempo confundiendo unidad con unanimidad. Y porque demasiados dirigentes han terminado creyendo que los partidos existen para proteger liderazgos, no para debatir ideas.

Tal vez las juventudes no estén llamadas a salvar la política española. Ojo: otras veces lo hicieron. Pero al menos recuerdan algo elemental: la democracia interna no debería convertirse jamás en una estatua de piedra.  A.M. BEAUMONT

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